<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<feed xmlns="http://www.w3.org/2005/Atom">
    <id>https://www.elmarplatense.com/feed-autor/240695</id>
    <link href="https://www.elmarplatense.com/feed-autor/240695" rel="self" type="application/atom+xml" />
    <title>El Marplatense</title>
    <subtitle>Contenido multimedia para informarse minuto a minuto de lo que acontece en Mar del Plata</subtitle>
    <updated>2020-11-15T14:20:40+00:00</updated>
        <entry>
        <title>
            Reciclarse o morir
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.elmarplatense.com/reciclarse-o-morir" type="text/html" title="Reciclarse o morir" />
        <id>https://www.elmarplatense.com/reciclarse-o-morir</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Roberto Garrone]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.elmarplatense.com/reciclarse-o-morir">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/11/Cyborg.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>“Ellos no escucharán. ¿Sabes por qué? Porque tienen ciertas nociones fijas sobre el pasado. Cualquier cambio sería blasfemia ante sus ojos, incluso si este fuese la verdad. Ellos no quieren la verdad; ellos quieren sus tradiciones” Pebble in the Sky (1950); Isaac Asimov.</p>
<p> Aún recuerdo el día en que, con tan solo once años, me levanté en calzoncillos de la cama y me encontré con esa flamante bicicleta nueva (regalo de cumpleaños) con mi nombre tatuado en el cubrecadena. Poco tardé en embutirme el desayuno y salir disparado a callejear con mi hermano y los amigos del barrio. Salvo por la breve parada para comer al mediodía, mi madre no volvería a vernos el pelo hasta las ocho de la tarde.</p>
<p>Ese día nos encontramos una lata de brea tirada en un terreno baldío y la derramamos sobre el bordillo de la calle López y Planes, entre Marie Curie y Zacagnini. Después desenterramos un perro muerto (no pregunten). También me peleé con el campeón escogido de una pandilla rival que me cortaba el paso hacia la casa de un amigo. Más tarde bajamos a la playa a correr por los muelles mientras esquivábamos a los pescadores ocasionales, y al final pedaleamos hasta el parque Camet para colarnos por una alcantarilla que desembocaba en el mar (esos memorables ejemplos que nos dejaba el maestro Splinter y sus Tortugas Ninja). En fin… puede que esté mezclando recuerdos de diferentes días, pero la idea es que el pasado (mi pasado) era de esta manera, y el futuro… es de otra.</p>
<p>No puedo, no podemos, seguir actuando como si la Tierra no girara; como si la luna no se alejase (disimuladamente y sin darnos la espalda) cada día un poco más de nosotros; como si el tiempo se hubiera detenido en nuestros mejores o peores recuerdos para forzar el silencio.</p>
<p>Cuesta no mirar atrás, lo sabe Dios y la ciencia (que hoy son lo mismo), pero sé que entregarme a la nostalgia me hace un flaco favor y se lo hace también a ustedes. Adaptarse o morir. Eso dicen los que saben, ¿no es cierto? Reciclarse o  morir, diría yo, utilizando un término más actual.</p>
<p>Seguramente alguno de ustedes habrá intentado imaginar el mundo dentro de diez años, aunque es muy probable que muchas de esas ideas sean producto de la comodidad de pensamiento, de la tradición, de la rutina, y no tanto del análisis objetivo de los datos que apuntan a… ¿Empezamos?</p>
<p>Cualquiera puede imaginar que la tecnología está creciendo de manera exponencial. Esto quiere decir, en lenguaje profano, que cada cambio no solo trae de la mano al siguiente sino a un puñado de cambios que, a su vez, son el origen de otros tantos.</p>
<p>Echo la vista atrás y apenas quedan vestigios de ese mundo en donde los niños nos divertíamos gastando la calle y colándonos en sitios extraños. Sé también que en diez, en veinte, en treinta años, cuando con suerte vuelva a echar la vista atrás, aquel mundo habrá desaparecido por completo y este, el de hoy, será poco más que un espejismo. Lo sé, lo sabemos, pero… ¿lo hemos aceptado?</p>
<p>A veces pienso que, mecánicamente, hemos proyectado para nosotros un futuro parecido al de nuestros padres. Esto es porque extrapolamos su experiencia e imaginamos que nuestra madurez será parecida a la suya, aunque muy probablemente nos equivoquemos. Hay quienes hace años advierten que caminamos hacia una “singularidad  tecnológica” en la que será muy difícil predecir las consecuencias del progreso. La inteligencia artificial está al caer y con ella la escalofriante posibilidad de que sea ella misma la encargada de crear nueva tecnología que se supere a sí misma.</p>
<p>Pero tranquilos… no creo… no estoy pensando… en un futuro al estilo Matrix o Terminator. Si algo nos ha enseñado la historia es que toda guerra es, además de un conflicto, un encuentro. Y en ese encuentro no han sido pocas las veces en las que diferentes civilizaciones (y en algunos casos distintas “especies”, sin rigor del término) han fusionado sus culturas y, por supuesto, también su material genético. Todos sabemos lo que pasa en las noches de luna llena, y si hay vino de por medio… desaparece el racismo, el clasismo, el sexismo, y a veces hasta el civismo, aunque no pueda decir lo mismo del nudismo, ya que es un requisito casi esencial para entrar en estas labores. ¡Lo siento…! Me fui por las ramas.</p>
<p>Podemos remontarnos al siglo II a.C. para comprobar como Grecia, ya conquistada por Roma, influyó con su cultura y costumbres en muchos ámbitos de la cotidianeidad romana, desde el arte y la religión hasta la dieta y las conductas sociales. Podemos decir que algo similar (no igual) sucedió tras la conquista española de América, pues de alguna manera ambas culturas  sufrieron importantes cambios tras el choque. Pero aún podemos remontarnos más atrás para demostrar lo que quiero decirles. ¿Sabían ustedes que el homo sapiens sapiens (no lo repito por error de edición) posee en su ADN la huella del neandertal? Antes de que nadie levante la mano para decir “¡es cierto, mi marido actúa como un cavernícola!” o “¡estaba cantado, mi cuñado es un bicho de esos”, sepan que ustedes mismos (y yo también aunque casi no se me nota) tenemos en el ADN un porcentaje de homo neanderthalensis. De hecho lo mantenemos toda la población europea (y sus descendientes), la asiática, y en menor medida la africana. Solo se salvan de este estigma nuestros hermanos subsaharianos que son, por decirlo sin propiedad pero tampoco con perjurio, homo sapiens más puros.  Digresión: ¿sabían ustedes que estos remanentes genéticos neandertales podrían estar involucrados en los casos más graves de enfermos por coronavirus? Clica en este hipervínculo para saber más.</p>
<p>¿A dónde quiero llegar con esta cantinela? Bien… Lo que intento decirles es que la llegada de la inteligencia artificial a nuestras vidas improbablemente traerá consigo la conquista de la máquina sobre el hombre sino más bien una fusión entre lo biológico y lo mecánico. Como ejemplo, les cuento que en el año 2011 nació en Barcelona la Cyborg Fundation, cuyos laboratorios emigraron a New York, con perdón de equivocarme, allá por el 2015.</p>
<p>¿Qué podemos esperar? Cruzadas ciertas barreras es difícil predecir el futuro, pero lo que sí sabemos es que el porcentaje de población envejecida ha aumentado y aumentará aún más teniendo en cuenta que las nuevas tecnologías tienden a aumentar la esperanza de vida humana y que la natalidad está decreciendo. Esto traerá consecuencias económicas importantes y un cambio radical en la manera de entender el mundo y de vivir nuestro día a día (desde el trabajo hasta el ocio).</p>
<p>Así que el futuro no nos agarre desprevenidos y recuerden, antes de llorar, que al menos yo se lo avisé: nos ha llegado el momento de tener una seria conversación con nosotros mismos, en soledad, con el objetivo de rearmar esa idea preconcebida que teníamos sobre el futuro. Pero claro… Es sabido que no se puede rearmar sin antes destruir. Invocamos, pues, al rayo destructor de Shiva para que acuda en nuestro auxilio y nos ayude en la labor de desmoronar esos prejuicios que actúan como ancla del progreso.</p>
<p>El nuevo analfabeto será aquel bicho que denomina sus conocimientos informáticos como de “nivel usuario”; será aquel que sigue concibiendo el mundo como un campo de juegos personal y no como el universo interconectado en el que se está convirtiendo. Incluso las palabras están cobrando nuevos sentidos, al tiempo que también surgen nuevos conceptos.</p>
<p>Hay quienes piensan que nos estamos transformando en seres más individualistas, y no lo discuto, pero hemos de tener en cuenta que incluso la definición ordinaria de “individualidad” ha cambiado, pues la individualidad es ahora comunitaria, y la soledad, nuestra soledad, está interconectada con la soledad de un mundo entero que espera -sin esperar realmente nada- que en el momento y lugar oportunos giremos en el sentido que nos toca girar para poder encajar en la gran maquinaria del sistema. ¿Me explico? Haz tu trabajo y no esperes nada más. Las palmaditas en el hombro son ahora privilegio exclusivo de los perros. La cerveza que compartíamos con los compañeros luego del trabajo es ahora un emoticono de dos jarras chocando en una pantalla de teléfono. Las ideas se resumen en un meme, ya no se discuten sino que adquieren un sentido universal y fácilmente comprendido por todos. Si queremos llorar podemos llorar (he modificado ligeramente la frase para evitar disputas legales con Moria Casán) pero eso no nos va a sacar del agujero.</p>
<p>It’s time to recycle yourself! ¿O debería decir是时候回收自己了? ¡Es tiempo de reciclarnos! Imagino que a alguno se le erizó el bello al leer esos jeroglíficos orientales: “¿ahora tengo que saber chino?”, habrá pensado para sus adentros. Y lo entiendo, de verdad. Ya tenemos bastante con intentar dilucidar el lenguaje que usan nuestros hijos por Whatsapp: “kdams sta noxe pra   y  ”. Lo que traducido quiere decir que se juntan para tomar la leche con donuts y berenjenas.</p>
<p>Pero volviendo al tema que nos ocupa, lo que quiero decirle a ese lector reticente al cambio es que no tiene obligación de nada: ni de aprender chino, ni de estudiar inglés, ni mucho menos de ahondar en los insondables misterios del idioma emoji. Nadie te lo exige, al menos explícitamente, aunque mi sincera recomendación es que te embadurnes de aceite y hagas el esfuerzo de entrar por el aro. Así es, porque el mundo no va a esperarte ni tampoco le verás derramar lágrimas por tu insignificante existencia.</p>
<p>Sé que para muchos enfrentarse a estos cambios, a estas nuevas obligaciones tácitas, es una labor que se siente lejana o incluso imposible - sobre todo en edades que superan los cincuenta y cinco-, pero no les digo que, necesariamente, estudien idiomas o informática nivel programador de Dart, Java, Julia o Python (muchos solo conocen a Julia y porque es vecina del barrio). Lo que sí considero necesario es que dejemos de aferrarnos a los antiguos órdenes y empecemos a proyectarnos a nosotros mismos dentro del mundo en el que estamos, en lugar de seguir dando vueltas alrededor de esa idea preconcebida que teníamos sobre nuestro futuro. Es hora de, poco a poco y conforme a nuestras posibilidades, irnos poniendo al día con los cambios tecnológicos y sobre todo con la nueva manera de entender el mundo. No es muy diferente al esfuerzo que nuestros antepasados tuvieron que hacer tras la revolución industrial del siglo XVIII.</p>
<p>Ahora es nuestro turno. En los próximos diez años incluso nuestra ropa recopilará datos sobre nosotros (y no lo digo por decir). Ya se está trabajando en tejidos inteligentes que serán capaces de hacer diagnósticos de nuestro estado de salud. Veremos los cielos transitados por drones y  dispositivos voladores capaces de captar más eficientemente la energía del aire y el sol. La rotación de placas de grafeno en un ángulo de 1.1 también podría traernos grandes cambios tecnológicos. Nuestro propio cuerpo actuará como una especie de USB. ¿Emocionante? ¿Perturbador? Dime qué contestas y te diré quién eres. Si aún no realizas pagos con tu teléfono celular te costará aún más descubrir que, en un abrir y cerrar de ojos, lo estaremos haciendo utilizando nuestros propios dedos, transmitiendo información desde dispositivos implantados en la piel hacia el servidor de turno. Nuestra dieta también cambiará cuando definitivamente se globalice la producción y el consumo de alimentos transgénicos. Veremos transformados nuestros hábitos de trabajo y aunque las previsiones oficiales nos dicen que la mayor parte de la población mundial se concentrará en las grandes urbes, particularmente pienso que una transformación y mejora en el transporte conseguirán reducir la necesidad de presencia física en los puestos de trabajo, permitiendo que muchas personas vivan alejadas de los centros de producción al mismo tiempo que trabajan para mantenerlos.</p>
<p>No será oro todo lo que reluce… lo que relucirá… claro. Siento ser ambiguo pero me debato entre mi optimismo innato y mi pesimismo racional. Aún no estoy seguro de que la humanidad trabaje en beneficio de la humanidad. Además todo cambio es, de alguna manera, traumático. Al menos lo es para mí, que me comporto como un gato. Pero me consuela saber que no estoy solo, que están ustedes conmigo frente al titánico esfuerzo de adaptación que tenemos por delante. Será mi fuerza su compañía y el terror que me infunde pensar que podría convertirme en el típico abuelo dependiente a quien el mundo le queda grande. Todos necesitaremos ayuda en la vejez, eso puedo aceptarlo, pero no será porque me haya rendido a la comodidad y mucho menos porque esté tan aferrado al pasado que haya cerrado la puerta a los nuevos conocimientos. Será a mi tiempo y manera, más rápido o más lento, pero enfocaré mis esfuerzos en seguir aprendiendo.</p>
<p>Un gran abrazo queridos amigos…</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>PD: no hace falta que estudien chino ni inglés, pero les vaticino que el G20… perdón, el G8… perdón, el G7… será en poco tiempo un G3 (China, EU y USA).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Twitter: @baragliagabriel</p>
<p>Facebok: facebook.com/GabrielBaraglia</p>
]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/11/Cyborg.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>“Ellos no escucharán. ¿Sabes por qué? Porque tienen ciertas nociones fijas sobre el pasado. Cualquier cambio sería blasfemia ante sus ojos, incluso si...]]>
                </summary>
                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2020-11-15T14:20:40+00:00</updated>
                <published>2020-11-15T14:20:40+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            La verdad cuántica
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.elmarplatense.com/la-verdad-cuantica" type="text/html" title="La verdad cuántica" />
        <id>https://www.elmarplatense.com/la-verdad-cuantica</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Roberto Garrone]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.elmarplatense.com/la-verdad-cuantica">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/07/covid19-vacuna-2.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>“Convénceles en tu primera mentira y te seguirán en todas las demás; permíteles dudar de tu única verdad y nadie, jamás, te creerá nada” Paralelo; Samuel Crow (2020; Neverland Ediciones)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Pienso. Hago una pausa y suspiro. Giro la cabeza hacia uno de los ventanales de mi casa: el cielo está despejado y el sol mira a la calle de refilón. Veo los árboles del otoño ibérico con sus hojas anaranjadas y marrones a medio desprender. Vuelvo a mirar la pantalla desde donde les escribo. ¡No sé qué decirles, amigos! No es que me haya quedado sin palabras sino que, por el contrario, tengo tantas que se me atoran en la garganta. Hoy más que nunca he de hacer el esfuerzo de no vomitar sobre ustedes ideas desordenadas, pero es difícil; complicado porque tengo mucha información -tenemos tanta información- que armar con ella una verdad palpable es tarea inútil o quizás imposible. ¿Y saben qué es lo más frustrante? Es muy probable que ese exceso de información no sea la consecuencia natural del progreso tecnológico de nuestra raza sino de un diseño inteligente destinado a confundir a las masas, de volcarlas hacia el impulso emocional para convertirlas en eternos consumidores de lo absurdo, de lo no esencial, del miedo, de la ignorancia.</p>
<p>Vivimos en un mundo en donde cada persona puede ver confirmados sus miedos y deseos en cada vuelta de esquina, en cada clic de internet que nos sirve exactamente lo que queremos comer, que nos dice precisamente lo que queremos oír y nos sumerge en una burbuja de realidad particular que inevitablemente nos lleva al conflicto con otros, nos divide para que no podamos organizarnos. “Burbujas de realidad”. Eso he dicho. Submundos, dentro del mundo, que nos separan incluso de nuestras familias para que no contemos con ese importantísimo vínculo sentimental que nos hace fuertes.  Estamos condenados, sí, pero… ¿y si siempre lo estuvimos?</p>
<p>¿Alguien sabe decirme qué es la COVID19? Seguramente todos tendrán sus teorías, algunas más convencionales, otras del tipo conspiratorio, y algunas directamente descabelladas. Pero esto no es culpa de ninguno de ustedes. Creo que por primera vez no me hago responsable, ni les haré responsables, de haber caído en la completa ignorancia. Hay sin duda (al menos sin duda para mí) un movimiento global y masivo de desinformación. La palabra “experto” ya no nos dice nada, porque cada vez que un tonto patea una piedra sale de debajo un experto a contarnos algo distinto. ¡Y todos son eminencias! ¡Vaya! Ahora parece que dan título de “eminencia” en las universidades. Me hace gracia porque todos y cada uno de ellos corre con una antorcha olímpica hacia su propio pebetero. Ya ni siquiera compiten por la verdad porque hay mercado para todos, porque hay clientes para todos los gustos. Ustedes y yo somos esos clientes, que quede claro: consumidores de la patraña, y digo “patraña” porque cuando la verdad se pluraliza, cuando todas sus versiones coexisten dentro del mismo espacio en superposición cuántica, la verdad pierde su sentido y se convierte en poco más que un cuento. ¿Nos confunden a propósito? ¿Cómo voy a saberlo? Les diría que sí, pero tengan en cuenta que están hablando con un creyente y defensor de la inteligencia humana (en general, no me refiero a las Kardashian). Descreo, por tanto, que en un mundo globalizado donde contamos con personajes como Sor Juana Inés de la Cruz, Orwell o Dostoievski, en nuestra historia, pueda existir la inutilidad como sistema. Estamos, pues, frente a una inutilidad fabricada, digo yo. De verdad no me extraña que la gente esté apostando sus destinos en personajes como Rappel, Horangel, la bruja Lola o incluso Nostradamus -que parece seguir escribiendo profecías nuevas desde el más allá-.</p>
<p>Por este motivo hoy no voy a volcarles más datos. Imagino, estimado lector, que eso es lo último que usted desea esta tarde de domingo en la que solo quiere darse al único placer que aún no le han quitado por ley: rascarse sus partes nobles en el sofá mientras mira al vacío (o a la tele, que viene siendo lo mismo). ¡No! Hoy voy a especular a lo grande. Voy a soltarles ideas absurdas porque no quiero sumarme al colectivo de los sabios (que ya nos tienen hasta las narices) sino al de los locos, los artistas, los poetas que sin decir nada nos devuelven a lo esencial. ¡Cuánta necesidad hay de lo esencial! ¿O no? Acabo de ver interrumpido mi soliloquio (porque este artículo no es más ni menos que eso) por un mensaje al costado de mi pantalla que me ofrece mantenerme informado sobre la situación de la pandemia… ¡No hace falta que me cuentes nada más, Google! ¡Ahórratelo! A ver si te enteras, pedazo de cagarruta digital: ¡no hace falta que me señales lo que debo pensar! Me basta solo con observar y comparar. ¿Y quieren ustedes saber lo que yo observo? Que cada país utiliza a los otros países como ejemplo de lo que se debe y no se debe hacer, de lo bien o mal que han conseguido enfrentar la problemática de la  Covid. ¡Mentira! Todos, a su manera, lo están haciendo igual de mal. Estaba a punto de decirles que los ladrillos del mundo se están cayendo a pedazos allá donde mire, pero no… no son los ladrillos del mundo los que se caen sino los hilos de nuestros bolsillos: alguien viene tirando de ellos hace tiempo para que no se nos aguanten las monedas -¡que ya no digamos billetes!-. Nos encaminamos hacia una sociedad donde solo los grandes capitales podrán resistir el tornado, donde las economías individuales, que otrora sobrevivían a duras penas, ahora perecerán para siempre. ¿Inutilidad de tu gobierno o del mío? No, amigos míos. Estamos ante una nueva cara de la esclavitud y el despotismo, donde lo que se persigue no es apresar únicamente tu cuerpo sino también tu mente. Denme un momento, por favor… es que de la emoción se me cayó al suelo el gorro de papel aluminio que llevaba en la cabeza. Les decía “apresar tu mente”. Exacto. Mermar tu capacidad de razonamiento para que no seas capaz de cuestionarte lo que falta ni lo que sobra; acotar tu campo de visión para que no te cuestiones lo que es la libertad, para que no veas los barrotes de tu prisión.</p>
<p>Ya no sé cómo decirlo… Tampoco sé si importa... La auténtica conspiración está en los orígenes de la información que sale al mundo para que medios de comunicación y expertos se hagan eco de ellas por el mero placer de escucharse la propia voz -algunos- o por la ambición de vender -los otros-. Y así, muy de a poco y de manera inocente, se construye la red de saberes que llegan a nosotros como marcas registradas de la verdad.</p>
<p>¿Y esto a quién interesa? Se preguntarán. De existir una conspiración para convertir al ciudadano en un eterno consumidor -y un eterno esclavo del sistema- ¿quién estaría detrás? Para empezar yo no he asegurado tal cosa. Tampoco la niego. No se olviden que ustedes y yo estamos sentados, conversando, en una cafetería -the wonder years-. Estamos especulando, arreglando el mundo de manera virtual para no sentirnos tan solos, tan perdidos, o bien para evadirnos un momento de la dura realidad de afuera, del sol que nos pega directamente en los ojos, del barullo de la ciudad y el ruido sordo de los ánimos ajenos. Así que decíamos…  De ser, por ejemplo, esta pandemia fruto de un proyecto -como piensan muchos- ¿quién estaría interesado en propiciarla? ¿Los chinos? ¿Los detractores de Trump? ¿Los Iluminati? ¿La reina de Inglaterra? ¿Los reptilianos del planeta Nibiru? ¡Y yo que sé! Quien diga que lo sabe se merece el gorro de aluminio más que yo.  Quizás los culpables sean todos o ninguno. Podría argumentarles a favor y en contra de cualquiera de ellos utilizando datos oficiales. Y lo mismo podría darles ciento veintitrés teorías que expliquen este nuevo virus como consecuencia de una fuga de laboratorio o de una desafortunada (para nosotros) evolución natural. ¡Qué mierda! Si hasta podría traerles eminencias que confirmen la existencia de Dios y del alma. A los argentinos no les haría falta irse muy lejos para encontrarlas: salgan a la calle y súbanse al primer taxi que encuentren. Me juego lo que quieran que el conductor es un licenciado en todo lo que existe y lo que está por inventarse. Mis respetos a estos filósofos callejeros.</p>
<p>Pero hablando en serio… da igual si la pandemia es fruto de la naturaleza o de la conspiración, porque el mal no es la propia enfermedad -que también- sino el desconcierto en el que nos tiene sumidos y que provoca lo que explicaba al principio: que dejemos de razonar en favor de tomar las decisiones por impulso. ¡No perdamos de vista lo esencial! Y lo esencial es que estamos perdiendo, como quien no quiere la cosa, ese acotado espacio en donde antes podíamos levantar nuestra propia empresa (soñar con crear algo nuevo de la nada) y que ahora pasará a formar parte del algún gran conglomerado de empresas multinacionales o de Don Burgo.</p>
<p>Discúlpenme, lo digo de corazón, porque en mi afán de encontrar un motivo de conspiración me fijo en el único móvil que un plebeyo como yo puede concebir: el dinero y el poder que se desprende de él; aunque debo decirles que en el fondo entiendo, y es algo que ustedes deberían considerar, que el dinero solo es móvil para alguien que no ha dominado el mundo material, alguien que no lo tiene o que lo posee a niveles… digamos mundanos. Barajo la posibilidad de que los macro-capitales, las economías que mueven la economía mundial, tengan otra clase de intereses, ambiciones que personas como nosotros no concebimos porque no forman parte de nuestra realidad, igual que las matemáticas no entran en el mundo de un perro, ni la poesía en el universo del reguetón. Por cierto -y hablando del reguetón- ahí tienen ustedes un ejemplo de cómo nuestro mundo se encamina hacia la simpleza intelectual, hacia el pensamiento de telenovela que idiotiza a las masas y hace mermar nuestras libertades. Siento mucho si ofendo a algún fanático de este género musical, pero no deja de ser verdad que tiene poco de arte y mucho de manufactura.  ¡Eh! Que yo en secreto disfruto del country, que es casi lo mismo pero en gringo. “¡NO PROBLEMO AMICO”! Aunque no es menos cierto luego me hago una limpieza psicológica leyendo clásicos de la literatura universal y cómics de DC.</p>
<p>Ya ven ustedes…  Llegamos al final de este artículo sin haber dicho nada (como en cualquier comparecencia del Gobierno). Aunque todo puede que les haya dicho, queriendo o sin querer, lo único que los master of puppets no quieren que sepan: ustedes pueden elegir. El gobierno quiere que elijas. Las multinacionales quieren que elijas. Todo el mundo quiere que elijas. Pero eso sí: quieren que lo hagas desde la individualidad y en base a la información que hay dentro de tu burbuja de conocimiento. Así, el conjunto del pueblo es más fácil de manipular. Más claro no puedo decirlo.</p>
<p>¿Moraleja? No pienses. No te comuniques con los demás. No empatices. Preocúpate solo de tus propias necesidades. Desea. Teme. No compartas. No intentes entender a los demás. No escuches nada fuera de tu círculo de intereses. No olvides iniciar sesión antes de navegar por internet. Así ellos podrán saber qué productos deseas, qué te interesa ver en Youtube para que no puedas aprender de la diferencia, para que nunca te sorprendas con nada, para que tu mente no se expanda.</p>
<p>Si me siguen vendiendo tinta, nos vemos en la próxima…</p>
<p> </p>
<p>Twitter: @baragliagabriel</p>
<p>Facebok: https://www.facebook.com/Gabrielleirbag</p>
]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/07/covid19-vacuna-2.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>“Convénceles en tu primera mentira y te seguirán en todas las demás; permíteles dudar de tu única verdad y nadie, jamás, te creerá nada” Paralelo; Sam...]]>
                </summary>
                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2020-11-01T13:28:17+00:00</updated>
                <published>2020-11-01T13:28:17+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            El camino de inmigrante
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.elmarplatense.com/el-camino-de-inmigrante" type="text/html" title="El camino de inmigrante" />
        <id>https://www.elmarplatense.com/el-camino-de-inmigrante</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Roberto Garrone]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.elmarplatense.com/el-camino-de-inmigrante">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/10/inmigra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>“No puede existir nada normal en la mente del que, sabiendo lo que yo sabía sobre el horror de la Montaña de la Tempestad, se atreve a ir a solas en busca del miedo que allí acecha”. El miedo que acecha (The Lurking Fear), H.P. Lovecraft; (1922)</p>
<p>Huir de Argentina es una tarea relativamente fácil para quien tiene la intención y los medios, pero hemos convenido en el artículo anterior que hace falta mucho más que eso para conseguir ser un inmigrante feliz. Sé que la felicidad es un concepto casi abstracto -además de relativo- por tanto acordaremos que por “inmigrante feliz” me refiero a aquel que consigue vivir en un sitio en el que, pese a las vicisitudes de la vida cotidiana, se siente como en casa y acoge la cultura del país receptor como suya. Créanme cuando les digo que la asimilación y la integración son fundamentales para vivir -y no para sobrevivir- en el extranjero, y a quien no esté dispuesto a abrirse le aconsejo que desista en su idea de convertirse en inmigrante.</p>
<p>Cuando yo me marché de Argentina no fueron pocos los que me advirtieron (sin ningún tipo de conocimiento de causa) que aquí en España sería tratado como un “sudaca” (palabra textual). Veinte años después de esas aciagas advertencias aún sigo escuchando argentinos que continúan con la misma cantinela. Para acabar con ese mito debo decirles que jamás -en dos décadas- alguien me llamó “sudaca” ni me trató de manera discriminatoria. No tengo dudas de que habrá inmigrantes que puedan afirmar lo contrario, pero deberíamos considerar -y lo digo por experiencia- cuál fue la actitud de ese inmigrante durante su estadía aquí. Verán… en Argentina somos muy dados a anteponer la idea de la patria por encima de todo cuando estamos en el extranjero, y en casa discriminamos a los forasteros poniéndoles sobrenombres como “bolita”, “tano”, “gallego”, y otras “bondades” por el estilo. Que nadie me diga que se trata de apodos cariñosos porque, por ejemplo, los famosos “chistes de gallegos” no apuntan precisamente a resaltar la inteligencia de los españoles sino a burlarse de ellos. Por tanto cree el ladrón que todos son de su misma condición. Una persona xenófoba, clasista, o racista por costumbre, teme que los demás le paguen con la misma moneda. “No se puede tirar manteca al techo…” -suele decir mi viejo- “… y esperar a que no te caiga encima de la cabeza en cualquier momento”. Gente estúpida la encontraremos con independencia de la nacionalidad, sexo, ideología política,  color y credo, pero quien mantiene una actitud abierta, amable… quien da y espera lo mejor de los demás, suele recibir lo mismo. Recuerden esto si se aventuran a emigrar del país.</p>
<p>No les voy a engañar: vivir en Europa es diferente a vivir en Argentina, pero Europa es grande y cada país tiene sus particularidades. Si ustedes tienen ganas de emigrar a un país de habla no hispana, como dijimos anteriormente, lo mejor es que antes aprendan el idioma local. Es la manera más efectiva de integrarse con los locales en lugar de hacer grupitos de argentinos que se reúnen para criticar (lo he visto en vivo y en directo). Nadie dice que uno pierda sus costumbres, su manera de ser, sino más bien que esté abierto a asimilar otras nuevas. Les voy a dar un ejemplo: donde yo vivo hay un curioso sistema de recogida de basura. La basura se puede sacar a la calle desde las 20 hasta las 22 horas. Los lunes y viernes solo se pueden sacar plásticos y cartones. Martes, jueves y domingos basura orgánica. Miércoles material no reciclable, y los sábados está prohibido sacar basura a la calle. Cada residuo debe salir de tu casa en una bolsa específica. Por ejemplo, el orgánico en bolsas biodegradables y el reciclado en bolsas semitransparentes para que los recogedores puedan ver que lo hiciste de manera correcta. Si no lo haces bien te ponen una etiqueta de advertencia en la bolsa y te la dejan ahí. (Aclaro que este sistema no rige en toda Barcelona ni en toda España).</p>
<p>Les digo esto porque cuando hablamos embelesados sobre las maravillas de otros países, debemos tener en cuenta que esas maravillas son el producto de los esfuerzos de un pueblo más que de un Gobierno. Por tanto, la pelota regresa a nuestra cancha: ¿qué estamos dispuestos a hacer para conseguir un país así? O en el caso de los que quieren marcharse de Argentina: ¿están dispuestos a aceptar esas responsabilidades?</p>
<p>El orden exige una disciplina que los argentinos, por norma general, rechazamos. ¡ODIAMOS QUE NOS DIGAN LO QUE HAY QUE HACER Y CÓMO TENEMOS QUE HACERLO! Pero si se ponen ustedes a  reflexionar, al pueblo se lo educa igual que a un niño: al principio resulta fundamental señalarle el camino, obligarle a comer las verduras, restringirle los horarios, ponerle límites por su propia seguridad, y en definitiva crear un entorno en donde pueda desarrollarse intelectual y emocionalmente, donde madure un pensamiento crítico (eso siempre) pero no infantil ni caprichoso sino inteligente y respetuoso. ¡No confundamos libertad con albedrío! Si bien ambos conceptos tienen que ver con la autonomía, debemos saber que la libertad se sostiene en el respeto y el albedrío en el egoísmo. No se puede exigir libertad sin estar dispuestos a sacrificar parte de nuestro espacio, de nuestros deseos, en pos de construir unas normas que satisfagan las necesidades del conjunto por encima de las del individuo. Este es uno de los grandes fallos de nuestro país: lo queremos todo y lo queremos a nuestra manera.</p>
<p>Recuerdo a un familiar muy querido que estando de vacaciones en mi casa (esta persona vive en Buenos Aires), se desesperó al darse cuenta que los domingos no había manera humana de conseguir cigarrillos o casi cualquier otra cosa, pues acá los domingos son un día de descanso para la inmensa mayoría de los comercios con excepción de los restaurantes y los que viven exclusivamente del turismo. Al principio mi pariente se quedó desconcertado, incluso enojado, hasta que comprendió que la única manera de construir un país en donde las personas puedan disfrutar los domingos es aceptar que el derecho a descansar de uno es posible solo cuando respetamos el derecho a descansar del otro. ¿Comprar en el supermercado? Hay que aprovechar de lunes a sábado. No se diga más.</p>
<p>Es difícil. Lo sé. Es muy complicado desaprender costumbres arraigadas en nuestra cultura e integrar otras nuevas. Me acuerdo de estar en los túneles del subte de Barcelona frente a una de esas máquinas expendedoras de bebidas, galletitas y golosinas. Puse un moneda, elegí el producto que quería y la máquina se tragó la plata sin darme mi KitKat (abajo adjunto mis datos a los directivos de Nestlé para que me abonen mi canon por la publicidad). Se imaginarán que como buen argentino empecé a patear la máquina y a proferir injurias que aludían a toda la estirpe de los dueños de la condenada máquina. Ya calmado me fijé que frente a mí había una etiqueta con un número de teléfono para denunciar incidencias. Saqué mi celular, llamé, expliqué mi caso, me preguntaron cuánto dinero había puesto, les contesté que dos euros (¡todo ese quilombo lo había armado por dos euros!), me tomaron mis datos personales y al cabo de una semana me llegó a casa una carta con la plata y una nota de disculpas. Me sentí como un auténtico Neanderthal recordando la escena de aquel día. Se los prometo. En este punto alguno pensará por qué no denuncié haber perdido cinco euros en lugar de dos. Bien… Quien lo haya pensado que desista de venir acá, por favor. No lo quiero de vecino, ni de amigo, y si por mí fuera no compartiría ni la misma luna con él. Esa picaresca es la que sume a las sociedades en el caos.</p>
<p>¿Lo malo de Europa y de España en particular? Absolutamente nada. Todo acá es perfecto. De hecho cuando hace calor nos abanicamos con euros, y en el invierno usamos los billetes que se nos caen del bolsillo como leña. ¡Por supuesto que no es así! Acá hay problemas como en todas partes: políticos -y monarcas- corrompidos hasta puntos insospechados (no son una marca registrada de Argentina), problemas económicos  y sociales en general, etc. España no es precisamente el país de referencia en Europa sobre cuestiones de orden (aunque supere con creces a Argentina en este aspecto). Muchos países de este continente no tienen seguridad social gratuita -y de calidad- como en el caso de España, sino que el Estado regula los derechos y obligaciones a la hora de contratar un seguro sanitario privado. Esto puede parecer muy bonito hasta que llegan situaciones en que las obligaciones previstas por la ley en materias de sanidad (el Estado obliga a la empresa privada a garantizar unos servicios de sanidad mínimos al cliente) se ven superadas por la necesidad real (caso del Covid19). He visto que en Argentina corren muchos bulos (fake news) sobre lo bien que algunos países de Europa han gestionado la pandemia sin imponer ninguna restricción. ¡FALSO! Los países de Europa que han optado por esa opción ahora están pagando las consecuencias incluso con la ventaja de tener un tráfico turístico muy inferior al de Italia o España, por ejemplo.</p>
<p>Hablando de presión fiscal, aquí en España tenemos un 35,2 % en relación a países como Argentina (28,8 %) o Francia, quien lidera la lista junto a Bélgica, Dinamarca y Suecia con presiones fiscales por encima del 43% y llegando al 48 %  en relación con su PIB. Nada es gratis, como ven.</p>
<p>Vamos a ir cerrando el tema. A lo largo de este y el anterior artículo hablamos del problema de actitud argentino, de la prepotencia, de la vanidad, de ese sesgo que nos produce el fanatismo por todo: el fútbol, la política, un presentador de la tele, un cantante… A veces parece que no nos puede gustar o disgustar una parte. Nosotros solemos endiosar o demonizar el Todo, y eso nos juega en contra a la hora de tomar buenas decisiones. Estoy generalizando, por supuesto. Yo, por ejemplo, soy un argentino estupendo y seguramente que vos también. Ahí afuera hay muchos argentinos desperdigados por el mundo, y muchos con una excelente actitud y ganas de aprender de otras culturas. Si me permiten, les convido con los handles de Twitter dos compatriotas maravillosos afincados en Suiza (una chica y un chico). Les pido que no los relacionen con mi discursos filosóficos ni con mis opiniones políticas porque en sus espacios no hay política sino buen rollo; ellos comparten con la gente sus aventuras y siempre están dispuestos a contestar preguntas: @viviendoensuiza y @argentinasuiza.</p>
<p>Damas y caballeros, les agradezco su atención y me bajo del bondi en la siguiente estación con la satisfacción de haber compartido con ustedes un fugaz vistazo de mi mundo. Hasta la próxima…</p>
<p>PD: si alguno tiene alguna pregunta que pueda responderle o dudas específicas sobre la vida aquí en España, puede dejar su comentario justo debajo, o contactar conmigo vía Twitter: @BaragliaGabriel, o en mi espacio de Facebook: https://cutt.ly/cfRLtUB.</p>
]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/10/inmigra.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>“No puede existir nada normal en la mente del que, sabiendo lo que yo sabía sobre el horror de la Montaña de la Tempestad, se atreve a ir a solas en b...]]>
                </summary>
                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2020-10-03T19:42:03+00:00</updated>
                <published>2020-10-03T19:42:03+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Huir de Argentina
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.elmarplatense.com/huir-de-argentina" type="text/html" title="Huir de Argentina" />
        <id>https://www.elmarplatense.com/huir-de-argentina</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Roberto Garrone]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.elmarplatense.com/huir-de-argentina">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/09/Opinión-Baraglia.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>“¿Confesaré que, movido por la más sincera de las pasiones argentinas, el esnobismo, yo estaba enamorado de ella y que su muerte me afectó hasta las lágrimas?” El Zahir, Jorge Luis Borges (1947)</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Tiempos oscuros se ciernen sobre todos nosotros, y no me refiero a los argentinos sino a la humanidad. “Pero… ¿peor sobre los argentinos, verdad Gabriel?”. No. No especialmente. Pandemias, catástrofes naturales debido al cambio climático, esa tendencia a la reaparición del fascismo (¿alguna vez desapareció?), manipulación de la información a escala global y con medios más efectivos… ¡No, gente! No solo nos pasa a nosotros. No solo le sucede a Argentina.</p>
<p>Si les digo esto no es por provocarles sino por una cuestión práctica, un motivo relacionado con lo que muchos de ustedes sueñan en estos tiempos en que la crisis financiera nos aplasta la cabeza. Hablo de emigrar. Qué lindo sería vivir en un país donde uno camine por la calle tranquilo, donde no haya que echar el bolso hacia adelante ni revisar cada treinta segundos si te lo rajaron con un bisturí, donde no haga falta encender videocámaras de seguridad cada vez que se sale de casa, donde la gente tenga tan buen criterio político como uno, donde no te engañen, donde sobre el trabajo, donde los sueldos te permitan comprar ese celular que viene con una birome táctil y que tiene un resolución Ultra HD 4k Mega Power Retina Destroyer -aunque al final lo acabes usando para mandar cacas con ojos por Whatsapp-.</p>
<p>Pero hablo en serio... Les cuento que cuando llegué a España, hace casi dos décadas, la primera vez que vi un choque entre dos autos me sorprendió que al bajarse los conductores intercambiaran, en lugar de trompadas e insultos, los papeles del seguro. ¡Qué maravilla! En cinco minutos cada uno se estaba yendo para su casa, o para el bar... ¡¿Qué se yo?!… La verdad es que no los seguí; pero lo que quiero decir es que entiendo esa necesidad de vivir en un país donde todo esté medianamente limpio, donde la sanidad sea gratuita y eficiente, donde haya posibilidades de progresar… ¡Qué loco!</p>
<p>Progresar es una palabra que desde chico escuché mucho en Argentina. Se ve que a los australes nos gusta el concepto de progreso. Es una idea muy americana la del inconformismo, y está muy bien, hay que evolucionar, pero también hay que prestar atención a qué entendemos por progreso, a cuáles son nuestros modelos de éxito. Ahí es donde la historia puede volverse peligrosa y dejar un reguero de excluidos sociales por el camino. Hablaremos de eso otro día.</p>
<p>Voy a dejarles algo bien claro desde el principio: yo no estoy escribiendo para ser amigo de ninguno de ustedes. Mucho menos para ser un enemigo. Todo cuanto escribo -y esto deben saberlo- es con fines constructivos. De nada sirve que les dore la píldora, ni que me dé a la tarea infructuosa de explicarles las maravillas de Argentina y de los argentinos, que sin duda las hay aunque no vengan al caso que nos ocupa. Queremos aprender, ¿verdad? Y para eso hay que escuchar, tenemos que ponernos de cara a nuestros defectos para poder corregirlos. Con este objetivo voy a guardar los violines para cantarles a capela. Sé de sobra que la situación en Argentina es desesperante en muchos sentidos, como también les digo que Argentina no es el país económicamente más destrozado, ni el único que sufre (aunque sí es el país que tiene, en base a un estudio internacional de 2019, los ciudadanos más infelices).  Sé que hay hambre en muchos sectores. Sé que el gobierno actual -y los anteriores- no están a la altura de las circunstancias ni las necesidades de un pueblo que quiere crecer, que realmente desea ser mejor.</p>
<p>¿Escapar del país es la solución? Puede que sí, o puede que no. Eso depende de las necesidades de cada uno, de sus circunstancias y su personalidad. Esto al margen de que no todo el mundo se puede permitir marchar aunque lo quiera. Lo que sí tienen que saber es que ser un inmigrante feliz conlleva los mismos esfuerzos personales de cambio -o incluso más- que los necesarios para transformar a la Argentina. Lo aclaro especialmente para los que ingenuamente piensan que el problema del país es su “especial” clase política.</p>
<p>Déjenme decirles que esa idea absurda viene de la falta de información, de lectura, de autocrítica, y de experiencia en otros lugares del mundo. La clase política es prácticamente igual en todas partes. Existen abrumadoras tramas de corrupción tanto en Europa como en América. “Sí Gabriel, pero lo que vos no entendés es que al menos en Europa los políticos dejan algo para el pueblo”. Si ustedes quieren darse al onanismo con esa idea en mente, adelante. Pero no la van a convertir en realidad por mucho que fantaseen con ella. El problema fundamental de la política Argentina es el temperamento del argentino, les guste a ustedes oírlo o no.</p>
<p>Ya me cansé de escuchar ciertos tangos y de sonreír cuando algunos me hablan como si yo no fuese argentino por haber emigrado, como si no los conociera, como si no me conociera a mí mismo. El argentino, por lo general, toma todo cuanto puede incluso cuando no lo necesita. El argentino practica el esnobismo por cultura (y no lo digo yo sino que ya lo sugería Borges en su Aleph y lo graficaba Cortázar en su novela Los premios), y ese esnobismo se traduce en una actitud pedante y altanera que tenemos asimilada dentro de nuestra normalidad. Vivimos exigiéndole al mundo y a los dioses, pensando más en lo que otros pueden hacer por nosotros en lugar de pensar en lo que nosotros podemos hacer por los demás, por el conjunto de la sociedad. Somos especialmente individualistas -o peligrosamente diría yo-.</p>
<p>Como nenes chicos damos pataletas cuando las cosas no nos salen bien, nos victimizamos, y miramos el éxito del otro con cierta envidia, menospreciando los esfuerzos que ese otro (que puede ser una persona o un país) hizo para conseguir esos beneficios. Y al mirar con envidia en lugar de con admiración nos negamos la pregunta fundamental que podría ayudarnos a conseguir eso que anhelamos: ¿cómo hizo ese otro para llegar a esa posición? La respuesta no es “gracias a la buena suerte”. Los dioses NO están meando sobre la Argentina. Los argentinos venimos meando sobre nosotros mismos durante generaciones.</p>
<p>¿Un ejemplo? Tengo este familiar muy querido, docente de profesión, que hace más de cuarenta años se le ocurrió sugerir a la dirección de su escuela que se pusiese a los alumnos a limpiar las instalaciones del centro como manera de inculcar valores de esfuerzo. ¡Poco tardaron todos en echársele encima! “¡¿Cómo se te ocurre semejante barbaridad?! ¡Esa idea atenta contra la integridad de los chicos!”. Les cuento que en Barcelona esa es una práctica común (hasta donde puedo dar fe, al menos en la generación de mi hija). Japón también lo hace, y estoy seguro de que en muchos otros lugares rige ese hábito. Díganme… ¿No cabe la posibilidad de que llevemos tiempo haciendo las cosas mal?</p>
<p>Verán… Para escribir este artículo compilé las dudas, esperanzas y prejuicios sobre el tema de la emigración que me fueron trasmitiendo varios argentinos residentes en Argentina. Del mismo modo escuché también a argentinos que viven en diferentes partes de Europa (destaco, España, Suiza, Alemania, Suecia, Francia e Italia) y de ahí hice un modesto popurrí de sus experiencias y de las curiosidades que se fueron encontrando en su camino como inmigrantes. Todo esto con el objetivo de realizar una crítica que si bien nunca hablará de todos, al menos reflejará a una buena mayoría y nos hablará de las actitudes que en general definen a la sociedad argentina. ¿Les gustaría leer algunas respuestas?</p>
<p>¿Por qué te querés ir del país? “Argentina es un país de mi€rd@, lleno de ladrones, corruptos, de K’s asquerosos”. “No lo aguanto más; me cortaría las venas pero no tengo ni para comprar Gillettes”. “Me iría a la re contra mi€rd@ de acá”. “Quiero seguridad, quiero tranquilidad, quiero dignidad y un país donde me den garantías y no se aprovechen de mi esfuerzo”. “¡Son todos unos descerebrados! La gente piensa en ella misma y le importa tres carajos los demás, por eso a mí ya me ©hÜÞ@n un huevo todos”. “¡No hay democracia! Vamos camino a una Venezuela”. “Cheto de mi€rd@ te fuiste, ya no podés opinar, ¿o me vas a ayudar a rajar de acá?”. “El gato nos dejó hasta el cuello de deudas; no hay futuro”.</p>
<p>Estos son algunos ejemplos de respuestas. Algunas faltas de ortografía, puntos y comas, fueron revisadas y modificadas para hacerlas legibles. También he auto-censurado algunas palabras porque aunque la mitad de los argentinos queramos matar a la otra mitad, aunque no sepamos atender a un problema sin difamar a la madre de alguno, aún nos asusta leer improperios en el diario, nos da pánico ver nuestro reflejo en el espejo o una teta en la playa. Es la doble moral que nos caracteriza.</p>
<p>Díganme…  ¿Ustedes que ven en esas respuestas? No hace falta que contesten. Ya lo hicieron. Me dijeron que ven en esas palabras el cansancio de un pueblo harto de que le roben y lo apaleen. Y es verdad, aunque también lo es que, al margen de las guarangadas, hay una palabra que invisible se pasea en todos los mensajes: “YO”. “Yo quiero”, pero nunca acompañado de un “yo haría” o “yo daría”. Hay además una impresión de que la culpa de la situación del país nunca es de uno mismo sino del otro, del militante o seguidor de tal o pascual. El caso es que en ambos bandos me encuentro lo mismo, y poca lectura de la prensa nacional e internacional (los titulares no cuentan) encuentro para justificar esas opiniones. Cuidado con eso de ir por la vida desinformados y de encerrarnos en la burbuja que ratifica lo que queremos oír.  ¡Ojo con los sesgos de confirmación! Porque es muy probable que esos a quienes consideramos santos no lleguen ni a beatos.</p>
<p>Por otro lado me encontré con varias respuestas que me dejaron la sensación de que los argentinos hablamos como si el problema del país fuese el propio país, entiéndanme, como si el trozo de tierra que delimita Argentina tuviese vida propia. Y no es así. El país lo hace la gente. Los gobernantes nacen del pueblo, de sus acciones diarias, de su pensamiento, de la historia que ha ido amasando su idiosincrasia a través de las generaciones. Por ese motivo uno puede “escapar” de Argentina pero no escapar de ser argentino. Si al emigrar pretendemos llevar con nosotros esa manera tan particular de ver el mundo, de entender la sociedad, de encarar el día a día, fracasaremos en el intento. Al emigrar debemos dejar entrar las costumbres del país que nos acoge en lugar de pretender que sea al revés. ¿Qué tal si, para acabar, lo ejemplifico con un caso real y seguimos con el tema en el próximo artículo?</p>
<p>Estaba esta buena señora argentina que se quejaba de uno de los requisitos para la tramitación de la ciudadanía Suiza. ¿Saben cuál era el requerimiento? Hablar uno de los tres idiomas oficiales del país. ¡¿Cómo se les ocurre semejante disparate a los suizos?! ¡¿Estamos todos locos o qué?! ¿No sería más fácil que el gobierno suizo añadiese el español a sus lenguas oficiales? (Por supuesto me refiero al dialecto argentino del español, que después no sabe uno qué le ofrece el camarero cuando dice “tortilla de patata” en lugar de “tortilla de papa” -un saludo a mi amigo Facu-).</p>
<p>El tema no acaba acá. Seguramente alguno se habrá quedado con ganas de escuchar sobre las maravillas de Europa y anécdotas acerca de la vida en este continente. Sé que más de un afortunado habrá venido de vacaciones pero tendrá, seguramente, la misma visión sesgada de quienes visitan Argentina y me cuentan que no notaron en nada la inseguridad. Como imaginarán no es lo mismo vivir en un sitio que recorrerlo por unas semanas. En mi próximo artículo les convidaré con una visión honesta -como siempre- que les ayude a ver lo bueno de Europa y a entender que lo malo no es exclusiva propiedad argentina.</p>
<p>PD: si alguno se ofendió (que nunca fue mi intención) puede dejarme sus insultos en Twitter: @BaragliaGabriel, o en mi espacio de Facebook: https://cutt.ly/cfRLtUB. Los usaré de ejemplo para posteriores artículos.</p>
]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/09/Opinión-Baraglia.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>“¿Confesaré que, movido por la más sincera de las pasiones argentinas, el esnobismo, yo estaba enamorado de ella y que su muerte me afectó hasta las l...]]>
                </summary>
                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2020-09-19T19:56:53+00:00</updated>
                <published>2020-09-19T19:56:53+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            El dilema de la elección
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.elmarplatense.com/el-dilema-de-la-eleccion" type="text/html" title="El dilema de la elección" />
        <id>https://www.elmarplatense.com/el-dilema-de-la-eleccion</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Roberto Garrone]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.elmarplatense.com/el-dilema-de-la-eleccion">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/09/señales-transito.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>No les extrañará saber, atendiendo a todo cuanto ignoramos, que escondido en un pliegue invisible de nuestro espacio-tiempo existe un país desconocido cuyo nombre no es que quiera olvidar sino que simplemente desconozco y que al caso resulta irrelevante. Lo importante, lo que tienen ustedes que saber de este país, es que antaño sus ciudadanos -igual de guapos que nosotros- tenían una dieta basada en una muy variada y saludable cantidad de alimentos. Todos ellos vivían felices porque gozaban de la libertad de quien elige qué comer sin que nadie le ponga un menú sobre la mesa. Hablamos de una sociedad evolucionada que cosechaba sus verduras, sus legumbres, administraba el ganado, compartía, comerciaba con dinero, y trocaba también, por ejemplificar, una pastafrola por una lasaña o un par de empanadas por una pinta de cerveza artesana.</p>
<p>Y así vivieron hasta que un día, por obra y gracia de un sujeto sagaz llamado Don Burgo, toda esa felicidad se desvaneció en pos de la comodidad. Don Burgo era un señor mayor, aunque muy bien conservado, con una idea clara en la cabeza: ahorrarle a la gente el duro trabajo de cocinar e incluso hasta de pensar en ello. Una empresa encomiable, dirán algunos, si no tenemos en cuenta que a Don Burgo lo movía un ánimo de control y poder. Con ese objetivo, el viejo astuto mandó a construir diez locales bien repartidos a lo largo de la ciudad capital, y en ellos montó diez hamburgueserías: los primeros locales de comida rápida que conocía la gente de ese país.</p>
<p>Carente de ánimo narcisista y con una finalidad bien definida, Don Burgo renegó de bautizar a cualquiera de las tiendas con su nombre. ¡No, amigos! Él tenía otro plan. Utilizó a diez apoderados para que dirigiesen, cada uno de ellos, uno de sus locales. Así las diez tiendas de Don Burgo acabaron teniendo diez nombres diferentes con el que empezaron a competir entre sí para ver quién alcanzaba el mayor número de clientes.</p>
<p>Al cabo del primer año cada tienda no solo tenía una clientela relativamente fija (con algún que otro indeciso que iba picando de flor en flor) sino personas que se identificaban con la marca. Ustedes me entenderán: ¿Quién no ha dicho alguna vez “yo SOY más de este producto que de aquel otro” en lugar de decir “yo prefiero tal o cual producto”? En fin… Por aquel entonces no era extraño ver por la calle personas discutiendo sobre cuál de las diez hamburgueserías era mejor o peor; discusiones amistosas, digamos, pero que de a poco fueron consolidando las marcas.</p>
<p>Pasados diez años, de las diez hamburgueserías tres cerraron por falta de clientes, cinco vieron reducida su actividad en un 60%, y las otras dos restantes absorbieron a todos los consumidores que perdieron sus competidoras. Dieciocho meses después el 88% de los ciudadanos de la localidad llegaron a identificarse, a partes iguales, con una de las dos grandes hamburgueserías que dominaban el mercado de la comida rápida, un 2% repartía sus simpatías entre las marcas menos populares y el 10% restante eran personas indecisas cuyo comportamiento veleidoso resultaba fundamental para que, al final de cada año, una de las dos grandes marcas se alzase como la vencedora de la temporada. En este punto las discusiones del pueblo sobre cuál de los dos gigantes era el mejor había subido de tono hasta el punto en que familiares -que otrora se reunían a comer hamburguesas juntos- dejaron de hacerlo, ¡claro!, porque para entonces las lealtades estaban tan divididas que era mejor que cada cual se aislase a comer, solito con su sombra, la hamburguesa de su preferencia.</p>
<p>A todo esto Don Burgo estaba pletórico. A él le daba igual cuál de sus locales ganase la batalla anual. Le importaba un rábano que las familias ya no se reuniesen a comer juntas. ¿Por qué iba a importarle si con cualquier elección acababan escogiéndole a él? El único trabajo del viejo consistía en mantener la pelea de sus tiendas en alza, cuidar que sus locales menos rentables nunca desaparecieran del todo como les pasó a los tres del comienzo (ya que de tanto en tanto le servían para aliviar tensiones), y que sus dos grandes marcas mantuviesen siempre esa competencia relativamente equilibrada que provocaba en el pueblo la ilusión de que estaban eligiendo. Por ello Don Burgo prestaba especial atención a ese 10% de indecisos a los que, con información privilegiada y un poco de picardía, conseguía manipular cada año para que se inclinase en una de las dos direcciones (variaba entre una y la otra) que a él le interesaba con el fin de mantener en equilibrio su sistema y evitar así que a algún otro Don Loquefuera se le ocurriese invertir en el mismo mercado.</p>
<p>Hagamos una breve pausa reflexiva. Díganme… Desde esta perspectiva ¿qué opinión les merece a ustedes estos fanáticos de las hamburguesas? ¿Vos, en particular, que hubieras hecho en esa situación?</p>
<p>Con el tiempo algunos ciudadanos del país (las tiendas ya tenían franquicias en todo el territorio nacional) llegaron a sospechar (y digo sospechar porque nadie había escuchado jamás hablar de un tal Don Burgo) que en este juego de elección tenía que existir, por fuerza, un maestro de marionetas moviendo los hilos. De otra manera el sistema habría colapsado hace tiempo en cualquiera de las dos direcciones, o la atención se hubiese repartido de forma más natural y equitativa entre las diez opciones originales. Quién sabe si no hubieran surgido, tal vez, nuevos locales cuyo capital no tuviese absolutamente nada que ver con el capital del sospechado Don Burgo.</p>
<p>De los pocos pensadores, un par de ellos se afanaron en gritar a los cuatro vientos sus sospechas para que el resto del país pudiera oírlas. Y fueron escuchadas, ¡vaya que sí! Quitando a los cuatro mentecatos que descartaron la teoría porque su coeficiente intelectual estaba a la altura de un ficus de plástico, el resto asintió con la cabeza a la teoría conspiratoria de los dos pensadores. ¿Había llegado por fin la hora del cambio? Se preguntó el más optimista y menos listo de los dos sabios. El otro negó con la cabeza y se sonrío con tristeza para sus adentros…</p>
<p>A las dos semanas de que el mensaje conspiratorio circulara por las calles y entre las bocas del pueblo, se produjo un fenómeno que conseguiría que todos olvidasen el grave asunto que acababan de descubrir -el tema del titiritero que los manipulaba- y empezaran una vez más a pelearse ya no en nombre de las hamburgueserías -que también- sino de la propia hamburguesa, que a estas alturas era como la vida misma, el único alimento que cabía en la mente y los estómagos de la gente que ya no concebía otro tipo de comida, y en algunos casos ni siquiera la recordaba.</p>
<p>Y he aquí el gran fenómeno que consiguió que todos volvieran a dividirse: resulta que una de las dos grandes hamburgueserías -cuya sede central estaba en el lado izquierdo de la ciudad capital- empezó a vender la mitad de sus hamburguesas a precio de coste y a regalar la otra mitad a personas sin ingresos. ¡Como lo oyen, señoras y señores! ¡HAMBURGUESAS GRATIS!</p>
<p>Lógicamente, para mantener esta gran “promoción” las hamburguesas no podían estar hechas de carne carne sino más bien de carne procesada por los intestinos de un animal, lo que en lenguaje ordinario se conoce como “caca”. Pero que nadie se asquee. La diferencia no se notaba tanto como uno esperaría. Es verdad que alguien se encontraba, de tanto en tanto, algún tropezón a medio digerir, pero la cantidad de condimentos que llevaba la hamburguesa de caca (los CONDIMENTOS son esenciales) eran tan buenos que la hacían absolutamente digerible, al menos, para un 44% de la población. El otro 44% de la gente, los autoproclamados “inteligentes”, se dieron cuenta enseguida de que las hamburguesas gratis acabarían afectando, más no fuera a la larga, a la salud de la población. Entonces se mantuvieron fieles a su hamburguesería de siempre -con sede en el lado derecho de la ciudad- que ahora, y al notar que un 44% de la población rechazaba de pleno las hamburguesas de mala calidad, decidió valorar su producto al triple de su precio original. Así los autoproclamados inteligentes del pueblo acabaron hipotecando hasta a sus abuelas para mostrar su apoyo incondicional a la única hamburguesería que parecía tener sentido común en el país. Se imaginarán que muchos hubieron de trabajar el triple para poder hacer frente a la carga de comprar hamburguesas tres veces más caras.</p>
<p>Ahora sí, definitivamente, el pueblo se había dividido en dos: por un lado estaban los seguidores de la hamburguesería social (como empezaron a llamar a la que tenía sede en el lado izquierdo) y por el otro los de la hamburguesería conservadora (con sede en el otro extremo). De los primeros se podían destacar dos tipos diferentes de seguidores: en un costado estaban los buenos trabajadores que realmente creían en el ideal de “alimento para todos” como derecho fundamental (¡eh!, que no se había confirmado al cien por cien que esas hamburguesas estuvieran hechas de caca, y además ahora venían con doble de queso -no querrán ustedes saber lo que era en realidad-), y en el otro lado sencillamente estaban los vagos que con tal de no trabajar les daba igual comer heces que reses. Entre los prosélitos de la hamburguesería conservadora también había dos clases de partidarios: los buenos trabajadores que se rompían el lomo trabajando en su afán de comer carne de la buena (no sabían que en realidad la carne nunca fue de vaca vaca sino de perros grandes), y los electores más adinerados que si bien también compraban las hamburguesas al triple de su costo real, consiguieron compensarlo explotando a sus propios empleados y aumentando el precio de sus productos y servicios. ¿Y cómo se solucionó el conflicto? ¡Me extraña que lo pregunten, amigos! No se solucionó en absoluto. Los buenos trabajadores de un lado y del otro (los únicos con verdadero motivo de queja), decidieron culpar de sus miserias al bando contrario en lugar de quejarse a sus hamburgueserías amigas (que ya eran parte de su identidad) por la mala calidad de unos o el precio abusivo de los otros.</p>
<p>¿Y qué hacía Don Burgo mientras tanto? Lo mismo que venía haciendo desde que montó su empresa, porque aunque tenía una hamburguesería sin producir apenas ingresos (todo en su afán de ganar la batalla anual por número de clientes) tenía a la otra vendiendo su material por el triple de precio. Aquí lo importante era que a nadie se le ocurriese volver a pensar en verduras, pescado o legumbres, ¡que nadie pensara en cocinar!, sino que siguieran creyendo que su única y mejor opción de alimento eran las hamburguesas o, para ser más específico, las hamburguesas de Don Burgo.</p>
<p>Y colorín colorado… espabílense de una vez que ya somos grandecitos.</p>
<p>¿Les gustó el relato? Siento no contar con más renglones para explicarles la historia en detalle pero los lectores más despiertos habrán notado lo mucho que esta historia se parece a… ¡Exactamente! ¡Ustedes son gente inteligente! Además a qué podía referir el cuento sino a la franquicia de Star Wars. ¿O pensaban en otra cosa? Yo creo que al escuchar “lado oscuro” a todos se nos viene a la mente el infame Dark Vader (el maniático de la frasecita: “Luke… yo soy tu padre”), y al oír “lado de la luz”, casi por reflejo, imaginamos al gran Luke Skywalker. ¡Qué locura! Lado oscuro… Lado de la luz… Uno en cada mano… ¿Alguno notó que sin importar el lado que elijan todo queda en la misma familia? ¿Lo sabían pero nunca lo pensaron de esa manera? Pues toca abrir los ojos porque ahí afuera hay muchas señales…
Nos vemos por ahí.</p>
<p>Pd: en realidad yo SOY más de Star Trek que de Star Wars.</p>
]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/09/señales-transito.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>No les extrañará saber, atendiendo a todo cuanto ignoramos, que escondido en un pliegue invisible de nuestro espacio-tiempo existe un país desconocido...]]>
                </summary>
                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2020-09-06T09:42:18+00:00</updated>
                <published>2020-09-05T19:40:53+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Machismo al desnudo
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.elmarplatense.com/machismo-al-desnudo" type="text/html" title="Machismo al desnudo" />
        <id>https://www.elmarplatense.com/machismo-al-desnudo</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Roberto Garrone]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.elmarplatense.com/machismo-al-desnudo">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/08/Machismo-mata-okok.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>“Aquí yace encadenada Diana, el alma de la feminidad atada en una red de signos arcanos para que la mujer abandone sus vanos sueños de libertad…” </p>
<p>From Hell (de Alan Moore y Eddie Campbell)</p>
<p>Podría empezar hablándoles de los muchos pendientes que hay en la lucha por la igualdad de género y contra la violencia machista, temas evidentes que todos conocemos de sobra: facilitar la burocracia ante la denuncia de un maltrato; penas más duras para los agresores; protección REAL (no virtual) a la mujer maltratada (una de cada tres mujeres es víctima de algún tipo de violencia, sea sexual o de otra índole); igual sueldo por igual trabajo (a fecha del 2019 las argentinas cobraban un 20,2% menos que los argentinos); mismas oportunidades de acceso a puestos de liderazgo (la diferencia a la hora de ocupar un puesto jerárquico es del 30% en perjuicio de las mujeres); protección de la maternidad; derecho a decidir sobre el propio cuerpo; mayores oportunidades de acceso al empleo privado; y una larga lista de etcéteras. Lo dicho: podemos hablar de todo eso pero dudo que llegásemos a alguna parte. Las acciones de los movimientos feministas luchan arduamente contra estos problemas que muchas veces parecen retroceder ante su embate, y vuelven a avanzar al primer descuido. Las mujeres no pueden dormirse durante esta lucha; esa es la triste realidad.</p>
<p>Por ese motivo me dispongo a tratar el problema desde otro ángulo (ni mejor ni peor, solo diferente). Vamos a poner al machismo bajo la lupa y ver por qué demonios hemos llegado a este punto. Lo primero que me gustaría aclarar (porque muchos aún lo desconocen) es que el término “feminismo” no es el opuesto al “machismo”. Feminismo es el término que describe la lucha por la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, y machismo es… ufff… ¿por dónde empiezo?</p>
<p>Si yo les digo que agredir y menospreciar a una mujer es machismo, todo el mundo lo entenderá. ¿Fácil, no? Si redujésemos el problema a esos dos asuntos (gravísimos, por cierto) la solución estaría tan a nuestro alcance que sería imposible ignorarla. Pero lo siento: el problema ya echó tantas raíces que le está tocando el útero al planeta. El machismo viene asentándose en el inconsciente colectivo hace milenios (y pienso demostrar que no exagero), a través de tradiciones patriarcales que la mayoría de veces no somos capaces de ver incluso queriendo, y que anidan, por si fuese poco, tanto en hombres como en mujeres.</p>
<p>Una historia sumeria (más de 3500 años de antigüedad) nos cuenta que el dios Enlil violó a una joven diosa llamada Sud mientras ésta se bañaba desnuda en el río (claro, porque si una mujer se pasea con las domingas al aire ¿qué otra cosa puede hacer un hombre sino abalanzarse sobre ella?), y producto de dicha violación nace el dios Sin. ¿Es esa la primera muestra de machismo en el mundo? No. Esa es la primera muestra de barbarie, de la actitud simiesca que define a un hombre incapaz de controlar sus impulsos y deseos. La primera muestra de machismo viene cuando luego de violara, en compensación, su agresor la toma por esposa obligándola así a ver su careto de subnormal salvaje para toda la vida. Esto, entiéndase, era una recompensa para la muchacha, o al menos es lo que vendieron los promotores del relato. El “castigo” de Enlil apenas pasó por exiliarse una temporada en una especie de paraíso exclusivo de los dioses, el Dilmun, al que por supuesto se llevó a su recién estrenada esposa para que le acompañase en el calvario. ¡Vamos! Es como si hoy en día castigaran a un rey corrupto a retirarse a un paraíso de vacaciones. Inimaginable… ¿o no? Que poco cambia la historia y que importante recordar los cuentos para no olvidarnos de lo esencial.</p>
<p>Volviendo al tema del machismo, en ese cuento podemos observar las primeras raíces del árbol putrefacto del que hemos caído todos nosotros. La idea fundamental del cuento, para mí, es la POSESIÓN, que a su vez es el pilar del machismo. Como el hombre puede, el hombre toma.</p>
<p>Encarguémonos pues -dijo el varón- que la mujer no pueda jamás, no vaya a ser que su naturaleza y la nuestra sean similares y se le dé también por tomar lo que desea. Particularmente no es algo que dudo: la mujer no es mejor al hombre, y el hombre no es mejor que la mujer, y por eso ambos merecen el derecho de ser igualmente egoístas (en el peor de los casos) o igualmente altruistas (porque descreo que la naturaleza humana sea perversa).</p>
<p>En pos de mantener esa POSESIÓN, de reducir a la mujer a poco más que un objeto sexual, el hombre ha creado una serie de mitos que hoy día son parte integral de nuestro sistema de creencias y, aún peor, de valores. La mujer se transforma así, por repetición, en un ser físicamente débil al que hay que proteger; un animalito guiado por las lunas, los cambios de humor repentinos y la ya famosa histeria. Y claro, siendo tan emocional es deducible que sea, además, menos inteligente que el hombre, menos racional (“a ver… -me dirá el iluminado de turno- tontas tontas no son, pero yo mi coche no se lo dejo porque ya sabemos que su visión espacial no es muy fina”). ¿Y cómo explica estos defectos la pseudociencia machista? ¡Fácil! El cuerpo y cerebro femenino están configurados en función de su “razón biológica”: procrear y cuidar de la prole mientras nosotros salimos a cazar. Aquí los machos ya podemos empezar a darnos palmadas con los ciruelos, porque este es el sumun de nuestra creatividad. De una sentada nos hemos llevado la parte más divertida de la vida, o al menos la que nos permite salir de la cueva y ver mundo. ¿No me digan que no es así? A ver... convengamos que cuidar bebés es muy bonito cuando eres el tío fiestero que viene de visita cinco minutos y luego se pira, pero ser madre full time… a largo plazo será gratificante pero el día a día es más cansador que subir al Everest haciendo la media luna.</p>
<p>Es importante derribar estos mitos porque, como dijo la neurocientífica cognitiva Gina Rippon: “Un mundo de género produce un cerebro de género”. Al final los prejuicios cumplen un rol fundamental en la configuración de nuestro cuerpo. Desmitifiquemos, pues, la historia. Primero: la mujer no es en absoluto un ser débil (si yo tuviese que apretar para parir, les aseguro que la criatura me sale a los diez años desgarrándome el abdomen como Freddy Cruger). Pasa que enseñamos a las niñas -con palabras y actitudes- que su única fuerza es la astucia, menospreciando así su potencial físico. Empecemos por inculcar a nuestras hijas la idea de que son físicamente fuertes, confiemos en ellas, dejemos que se curtan en todo tipo de deportes y veamos luego cómo cambia el cuento. Segundo: las mujeres tienen cambios de humor, es cierto, pero aquí el sesgo es no poner los cambios de humor del hombre bajo la lupa. ¡Somos igual de lunáticos! Tercero: las mujeres son igual de brillantes que los hombres (o igual de tontas en muchos casos), pero tengan ustedes en cuenta que cuando una mujer alcanza un puesto de jerarquía ha tenido que ser treinta veces más capaz y constante que un hombre; treinta veces más inteligente que sus subordinados y su homólogo macho en la empresa rival. ¿Qué cómo es eso? Lo ejemplifico: 84% de enfermeras, 16% de enfermeros, ¿y a quién eligen presidente del Consejo General de Enfermería? A un viejo de mil años que apenas se sostiene en pie (ejemplo real de un país anónimo, olé). Esto prueba la fuerte oposición contra el empoderamiento de la mujer. ¿Cuántas mujeres brillantes morirán sin que su potencial haya salido nunca a la luz? ¡Gran pérdida para ellas y para el conjunto de la humanidad! Cuarto: la mujer no tiene un cometido evolutivo. El hombre tampoco. Hemos evolucionado lo suficiente como para poder distinguir en nosotros la inercia de las conductas primitivas y entenderlas como lo que son, vestigios de un yo animal que a falta de razón se servía del instinto, que a falta de motivaciones más elevadas se daba a los placeres básicos que garantizaron nuestra supervivencia como especie. Alegar que el hombre y la mujer modernos tienen como propósito la procreación es como decir que un ordenador cuántico tiene como función hacer sumas y restas. Dejemos a la mujer ser lo que desee ser y, sobre todo, no ser aquello que rechaza. Aquí otro punto importante: dejen a sus varones ser también lo que quieran ser, no los limiten a encajar con la silueta del hombre convencional porque si esto va en contra de su naturaleza acabará convirtiéndose en un tirano. ¿Qué habría sido de Hitler de haberse curtido en las artes plásticas que tanto amaba?</p>
<p>Hay un discurso peligroso que se repite en la machosidad moderna: “Ya no sé qué hacer con las mujeres: si les digo un piropo, mal; si soy caballero mal; si soy un cabrón mal también; ¡ya ni hablemos de tocarlas!”. A esos tipos les pregunto: ¿ustedes se escuchan a sí mismos con interferencia, verdad? Objeto, objeto, objeto. Miren… Yo confieso que desconozco como utilizar una sex doll, pero sé perfectamente que una mujer no es ‘algo’ de lo que pueda ni deba hacer uso. No es un objeto ni un objetivo. Yo no soy un cazador y ella no es mi presa. Si bien la seducción es parte del juego de la vida (no es la vida entera), hay también un contexto en donde darle rienda suelta. Hay señales sutiles que brindan a una persona luz verde para avanzar, y señales claras que le dicen cuando hay que detenerse: el NO es un señal clara de detenerse y quien no la entienda es poco más que un simio alelado. Que una mujer se paseé por el campo en pelotas mientras hace twerking NO le da derecho a nadie a tocarla. Que una mujer te dé cabida, hombre, NO te da derecho a ir donde ella no quiere llegar. ¡NO es NO! ¡Quiero hasta acá y no más! Y tengo derecho a explorar mis límites con la seguridad de que mi pareja (casual o habitual) no me va a forzar a cruzarlos.</p>
<p>Por último, los puestos de poder -como dijo mi tío Ben- conllevan una gran responsabilidad. Una de ellas es resistir toda tentación de relacionarte sexualmente con tus subordinados. Lo contrario es poner en un serio aprieto al empleado que, por miedo a las represalias, no quiere decirte que preferiría dormir colgado de las orejas antes que tocarte con un palo de selfie extendido.</p>
<p>Las mujeres NO SON OBJETOS, son sujetos, y tiene miedos, días malos, días buenos, necesidades, ambiciones y desesperanzas, igual que sus homólogos masculinos. La única fórmula que puede un hombre aplicar con ellas es -atentos al dato- tratarlas como a iguales.</p>
<p>Que pasen ustedes un buen día.</p>
<p>PD: si buscan a la diosa Sud, no lo hagan por su nombre original sino por el epíteto (Ninlil) que le fue otorgado luego de casarse con su violador. Así es como todos la recuerdan…</p>
<p>Aclaración: los conceptos vertidos de quienes opinan son absoluta responsabilidad del firmante.</p>
]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/08/Machismo-mata-okok.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>“Aquí yace encadenada Diana, el alma de la feminidad atada en una red de signos arcanos para que la mujer abandone sus vanos sueños de libertad…” From...]]>
                </summary>
                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2020-08-23T13:47:51+00:00</updated>
                <published>2020-08-22T21:46:13+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Un cuento de medianoche
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.elmarplatense.com/un-cuento-de-medianoche" type="text/html" title="Un cuento de medianoche" />
        <id>https://www.elmarplatense.com/un-cuento-de-medianoche</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Roberto Garrone]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.elmarplatense.com/un-cuento-de-medianoche">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/08/Djin-sumerio-1.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Acérquense todos al fuego que voy a contarles una historia. Esta es la historia de las historias, la madre de los cuentos, tan antigua como la civilización misma y tan lejana que nos habla del principio de los tiempos. Los que saben, cuentan que mucho antes de que el hombre caminase sobre la Tierra, el mundo pertenecía a los dioses que habían bajado del cielo. Estos dioses estaban divididos en dos clases sociales: una era la clase dirigente, conocida como Anunna, y los otros la clase obrera llamados Igigi. No les asombrará saber que la clase dirigente estaba formada por un grupo muy reducido de dioses en relación a la clase obrera, quienes trabajaban a sol y sombra cavando zanjas, abriendo canales para aprovechar el curso de los ríos, y proveyendo de alimento a sus superiores.</p>
<p>A esas tareas, las más pesadas y cansadoras, se abocaron los diligentes Igigi, los dioses obreros, comandados por el opresivo dios Enlil, hijo de Anu (rey absoluto de los dioses). Así los días pasaron, uno tras otro, mientras la sangre y sudor de los Igigi tatuaba la tierra y teñía los ríos. Muchos soles, más de los que cualquier humano podría vivir nunca, pasaron. Los Igigi, privados del calor de sus familias por el tiempo y la distancia, blandían sus picos y palas levantando la tierra y depositándola en sus capazos. Las penas eran muchas y las recompensas muy pocas, o casi ninguna aparte del privilegio de poder respirar, un día más, para seguir trabajando a la jornada siguiente. El malestar de los trabajadores era el caldo de cultivo para una rebelión. ¡Aviso!: cualquier parecido con la realidad actual no es en absoluto casualidad, sino más bien causalidad, pues de esa historia se desprende la nuestra.</p>
<p>Así llegó un buen día en que uno de los Igigi se hartó del trabajo, de las penas, pero sobre todo de no ser el principal acreedor de sus esfuerzos. ¿Quién podría culparlo? Pónganse en su lugar: ahí estaba Anu mirando desde el cielo y haciéndose la permanente en el vello púbico; también su heredero Enlil en su maravilloso palacio de Eridú (las Bahamas de la época) y su primogénito Enki ocupado en hacer espeleología, rafting, y en tocarle los cataplines a unos monos medio evolucionados que se había encontrado por ahí. ¡Cualquiera se concentra en trabajar con tanto cheto atorrante al mando!</p>
<p>Dije, y así pasó, que estaba la divina bacanidad ocupada en pelotudear mientras sus súbditos se manchaban las manos para que ellos pudieran seguir teniendo hijos con sus hermanas, sus hijas, y hasta con sus nietas (les aseguro que Harvey Weinstein es un eunuco al lado de éstos). El caso es que cuando este Igigi rebelde se cansó, su malestar se fue contagiando al resto de sus iguales hasta el punto en que ya no importaba quién era el paciente cero y quién el cincuenta. Todos estaban hartos, enfermos, asqueados, por lo que viajaron hasta la casa de Enlil, pusieron todas sus herramientas formando una montaña de trastos frente a la puerta de la mansión, y las prendieron fuego. ¡Imagínense el quilombo que se armó! Enlil, desesperado, corría sin dirección y en calzones por toda la casa (esto es licencia mía), y al final terminó pidiendo la escupidera a su visir porque no se atrevía a salir fuera. ¡¿Qué macana, no?! ¿Quién se iba a imaginar que después de apretar tanto la tuerca al final se iba a partir el tornillo? Sin más dilación, y dejando de lado su orgullo, a Enlil no le quedó otra que llamar a su hermano Enki, a la gran diosa Nintu, y también a papuchi Anu -que estaba en los cielos- para que vinieran a ayudarle. En ese momento hasta la casa de Gran Hermano era un templo budista en comparación con el palacio.</p>
<p>La historia entera es larga, y el espacio que tengo para contárselas es corto, así que resumiendo les diré que cuando los Anunna preguntaron a los trabajadores quién de ellos había iniciado la revuelta, todos al unísono negaron la responsabilidad, o bien todos la asumieron, lo que al final es lo mismo. Ninguno estaba dispuesto a dar su brazo a torcer ante la presión de los oligarcas. ¡Imagínense el cabreo de Enlil! Orgulloso como era, de seguro hasta se le secó el vientre y tuvo que andar tirando de enemas durante los siguientes tres mil seiscientos años. ¡Qué injuria! Me da pena imaginarlo. Sus súbditos, esos perros malolientes, lo habían cercado en su propio palacio y, para más inri, no tenía a quién culpar. ¡¿Qué podía hacer?!</p>
<p>Así fue como entre musiquita de tensión o tango llorón (usted escoja, como le dijo Quevedo a la Reina Isabel), Enki sugirió una solución que cambiaría el rumbo de la historia para siempre. Quedaba claro que no había manera de persuadir a los rebeldes para que cejaran en su empeño (esto no era un infructífero cacerolazo, ahí lo dejo caer), así que lo mejor sería crear unos nuevos trabajadores para que cargasen con los esfuerzos. Sí… Escucharon bien. No dije “contratar” nuevos trabajadores sino “crearlos”. Fabricar un nuevo ser que reemplazara a los Igigi en el trabajo duro. ¡Me encanta esta parte! Ahora es cuando a alguno de ustedes se le escapa un chorrito de orina. ¿A que no saben a quienes crearon los dioses para trabajar? El salame que dijo “a los robots” por favor que abandone el aula. ¡A los seres humanos, por supuesto! Esta es, según los sumerios, la triste historia de origen de nuestra raza[i]. ¿Cómo se quedan?</p>
<p>Ahora ustedes se preguntarán ¿para qué les cuento todo esto? Me restan 817 palabras para explicárselos. Lo primero que debería llamarnos la atención es justamente lo que no destaca: ¿a nadie le extrañó el sistema social que describen los sumerios, verdad? ¡Claro que no! Esto es porque, en esencia, es el mismo sistema que ha venido funcionando sobre la Tierra desde la noche de los tiempos. Llámenle ustedes capitalismo, comunismo, monarquía, democracia, sistema representativo, o pendorchocracia. Todo sistema que se ha aplicado (no que se haya descrito) hasta el momento, tiene como fundamento la división de clases. No sabemos cómo pero de alguna manera todo empieza como una exploración anal de rutina (con supuestos fines médicos) y la cosa acaba con medio brazo ajeno haciéndonos cosquillas en el intestino grueso (ya con fines lúdicos). ¿Lindo, no? Si eres fan de las Cincuenta sombras de Grey a lo mejor sí, y sino pues… no.</p>
<p>Vivimos dentro de lo que en ciencias políticas se denomina capitalismo. Una idea piola, atractiva, porque reza que en función de tu esfuerzo así serán tus ganancias, ¿o no es así? ¡Mis p€l0t@s! ¿Qué pasaría si de repente todos nos volvemos super-productivos, proactivos, castos, cultos, y cracs de la economía? Háganse esa pregunta. ¡En serio! Imaginen ese mundo y después seguimos hablando…</p>
<p>¡Atentos, clase! Empecemos desde cero: ¿quiénes toman las decisiones en el mundo? Las personas con recursos, los grandes capitales que de una u otra manera influyen en las decisiones internacionales. ¿De dónde obtienen su ventaja? De la riqueza. ¿Cuál es la fórmula para hacerse rico? Rodearse de gente pobre, ¡claro está! En un mundo donde la prosperidad fuese un bien común de todos sus habitantes, no existiría la ventaja que posiciona a algunos por encima de otros. ¡Y así estamos! Podemos ponerle el nombre que queramos pero básicamente nuestro sistema existe gracias a la pobreza. No hay una Europa sin África, ni una Norteamérica sin sus vecinos del sur. ¡Así queda dicho! Sin la ventaja de la riqueza sobre la pobreza, todas las acciones del sistema estarían destinadas a un beneficio común y no privado. La humanidad evolucionaría. ¡Atentos! Que nadie piense en mis palabras como en una celebración del pseudo-comunismo que existe en países como China, que no es más que una de las muchas máscaras del statu quo.</p>
<p>Yo hablo de algo que no existe, pero que podría existir. ¿Cómo conseguirlo? Sigamos la fórmula Igigi: el pueblo debe entenderse a sí mismo como una unidad con un propósito claro. Los trabajadores de todos los tipos y colores tienen que ser uno y tienen que ser fuertes. No hay lugar para el egoísmo, el racismo o el sexismo en esta lucha. Nos destruye el reo al que nombran carcelero con la condición de que traicione a la banda. Nos aplastan los sindicatos que hacen gatopardismo, y los colectivos que piensan solo en su beneficio sin atender al plano general de la economía y a las necesidades ambientales y de salud. Nos arruina el no saber bien lo que queremos, lo que pedimos, y sobre todo el no delimitar bien lo que rotundamente rechazamos, o que al menos deberíamos rechazar. Nos aniquila la falta de propósito y constancia, las protestas vacías destinadas a quitarle presión a la olla para que pueda seguir cocinándose el guiso de los poderosos.</p>
<p>Antes les pregunté ¿qué pasaría si todos fuésemos genios de la economía? ¿No les asombra que siendo ésta una materia tan fundamental de nuestra sociedad no se enseñe en la escuela secundaria? Bajá la mano, nene: no estoy hablando de la clase de contabilidad. ¿Sos tonto o te gusta hacer burbujas de saliva por deporte? Me refiero a clases que expliquen realmente cómo funciona la rueda de la economía, desde lo evidente hasta los entresijos más oscuros y esos pequeños detalles que muchas veces incluyen esclavos, mafias, papas y ravioles. ¡Ápa! Ahora se quedaron todos callados… Queda claro que a alguien no le interesa explicarnos un sistema que, si entendiésemos de verdad, nunca y digo NUNCA permitiríamos que gobierne las horas de nuestra vida. Saludos, amigos…</p>
<p>Pd: para fabricar a los humanos, los Anunna mezclaron barro con sangre de Igigi. ¿Quieren saber la sangre de qué rebelde usaron? Al final sí que debió haber un perejil que se fue de la lengua, porque la divina bacanidad encontró al incitador[ii] y usó su sangre (voy a imaginarme que a modo de castigo) para que su estirpe, o sea nosotros, fuésemos eternamente esclavos.</p>
<p>[i] &lt;&lt;Condensaré sangre y haré aparecer los huesos. Haré surgir un ser cuyo nombre será ‘hombre’. Crearé un ser humano, el Lullú, para que se les imponga la prestación laboral de los dioses y [puedan estos descansar. Cambiaré las condiciones de vida de los dioses y las perfeccionaré&gt;&gt;. Pág. 72; “Enuma elish”; Edición de Rafael Jiménez Zamundio; Editorial Cátedra.</p>
<p>[ii] Y a Wê-ila dotado de personalidad, Ellos (los dioses) en su asamblea sacrificaron. Con su carne y con su sangre La diosa Nintu mezcló el barro (Atramhasis I. 223, 226). Pág. 84; “Enuma elish”; Edición de Rafael Jiménez Zamundio; Editorial Cátedra.</p>
<p>Aclaración: los conceptos vertidos de quienes opinan son absoluta responsabilidad del firmante.</p>
]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/08/Djin-sumerio-1.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Acérquense todos al fuego que voy a contarles una historia. Esta es la historia de las historias, la madre de los cuentos, tan antigua como la civiliz...]]>
                </summary>
                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2020-08-01T18:26:05+00:00</updated>
                <published>2020-08-01T19:50:43+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            El rey de los virus
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.elmarplatense.com/el-rey-de-los-virus" type="text/html" title="El rey de los virus" />
        <id>https://www.elmarplatense.com/el-rey-de-los-virus</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Roberto Garrone]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.elmarplatense.com/el-rey-de-los-virus">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/04/hisopados-coronavirus-2.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Si han llegado hasta aquí siguiendo los primeros artículos puedo decir sin duda que ya nos vamos conociendo. Como lectores han aceptado -con sus reticencias o sin ellas- el estilo impetuoso que tengo para dirigirme a la gente, y yo sé de ustedes que no son personas que se amedrentan fácilmente o les derrote una crítica. Dicho esto creo que nos toca tratar ese tema del que ya estamos bastante cansados pero que, sin embargo, no podemos omitir por razones obvias. Claramente me refiero a… redoble de tambores… la CoVid19. Si a alguno le ha llamado la atención que dijese “la” y no “el”, es porque quizás no sepa (peligro de delito) que Covid19 es el nombre de LA enfermedad y SarsCov2 el del virus que la provoca.</p>
<p>Tenemos muchas dudas al respecto o, lo que es casi lo mismo, pocas certezas. Algo comprensible teniendo en cuenta que la propia OMS, el organismo que vela por los asuntos de salud internacional, se ha contradicho en repetidas ocasiones. Esto nos hace dudar sobre si las motivaciones de esta organización son primordialmente de salud o responden a intereses comerciales y de producción. De no ser así, imagino que la comisión de investigación dizque independiente que ha abierto la propia OMS tras el batacazo con USA tendrá que explicar, por ejemplo, el porqué en un principio se desestimaron las medidas de separación interpersonal y las restricciones de vuelos internacionales, o las ya famosas discordancias sobre el uso de los barbijos[1] que, a día de hoy, se sabe probadamente que ayuda a disminuir la propagación del virus vía aérea.  Ni hablemos de las vueltas que le han dado al uso de la Hidroxicloroquina o las controversias en torno al tema de los asintomáticos.</p>
<p>Ahora… ¿qué se supone que debemos creer? Muy pedante de mi parte sería poner una “verdad” sobre la mesa y quedarme a esperar que ustedes se la coman. Lejos estoy de ser un vendedor de evangelios o un constructor de certezas. Mi objetivo, si tengo que arriesgar una razón que me impulsa a escribirles, es despertar una conciencia social crítica y al tiempo práctica.</p>
<p>Esto nos conduce a un punto fundamental que tiene que ver con la manera en que gestionamos los datos en una era donde lejos de faltar, sobran. Indiscutiblemente sobran, y en ese guirigay se esconde de manera muy abierta la verdad para que no podamos negarla pero tampoco aferrarnos a ella, para que la historia y la realidad puedan ser reescritas cuantas veces haga falta y en función de los intereses de unos pocos. El gran George Orwell ya nos advirtió de este fenómeno es sus sublimes “Rebelión en la granja” y “1984”. Lectura obligada, por favor.</p>
<p>Nadie discute que uno es más feliz eligiendo entre dos sabores de helado que entre cincuenta. Esto es porque nuestra mente, al escoger, no valora lo que gana sino lo que pierde, y claro… No es lo mismo perderse de un sabor que de cuarenta y nueve. Me dirán: ¿entonces qué, Gabriel, tenemos que exigir que nos reduzcan el menú? ¡Má qué menú ni menú! -hubiese dicho mi abuelo-. A ver si se van a creer ustedes que la vida es un restaurante: “¡Vamos vamos, marchando una de felicidad para el hedonista de la mesa 4!” Las opciones, amigos, son parte de nuestra libertad, pero acabarán con nosotros si no aprendemos a administrarlas. La ansiedad y la frustración suelen provocar que valoremos la información por la emoción que nos produce su contenido en detrimento del sentido común. ¡PELIGRO! Esto nos deja en calzones frente a quienes usan ese saber como arma de manipulación. Nos toca así sacudirnos la pereza, ir más allá de los titulares y atacar la noticia entera. Aunque nos cueste, debemos acudir a varias fuentes y contrastar, evaluar y comparar la información que nos brindan. Ese es el precio de la libertad, estimado lector, pues no se la puede pretender desde el sofá de casa, con la mano en la buchaca y mirando Netflix. Ya lo decía Mariano José de Larra: “gran persona debió ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza […] La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra cosa; esa es la gran causa oculta: es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas”. Caer en este pecado -que perdonará Dios pero no su tercer jinete (El Hambre)- es sumamente peligroso para nosotros y altamente rentable para quienes valoran el progreso en función de su agenda comercial. Nos hace vulnerables y… ¿por qué no decirlo?... también estúpidos. Provoca que mezclemos el tocino con la velocidad, que no seamos capaces de discriminar los datos como se merecen.</p>
<p>Ejemplo de este problema lo encontramos en personas que tienden a negar la Covid19 solo porque les incomoda usar barbijos o porque odian que otro les diga lo que tienen que hacer. Piensen… ¿Qué exigimos realmente cuando nos quejamos del confinamiento? Sobre este asunto hay mucho que demandar pero al mismo tiempo hay otro tanto por sacrificar. A estas alturas nadie discute que tan malo es exponerse al virus como detener la producción de bienes y servicios. Después de todo tenemos que comer, ¿verdad? Lamentablemente nos vemos obligados a exponernos a la enfermedad en pos de seguir trabajando para traer pan a casa. No obstante, no hay que mezclar las cosas. El SarsCov2 es un peligro real -por algo lleva corona-. Yo mismo, en este punto caliente como lo es Barcelona, sufrí la pérdida de amigos y gente cercana. El ritmo de contagio es alarmante y se vuelven absolutamente necesarias las medidas de contención, de confinamiento y, sin ningún tipo de duda, del uso de barbijos. Esto no debería estar reñido con las necesidades laborales sino que más bien vuelve necesario exigir al Gobierno mejores medidas de contención que nos permitan seguir desempeñando nuestra actividad profesional. Queda claro que no todos los rubros podrán ser salvados pero es ahí donde, reducido al mínimo el campo de trabajadores afectados, el Gobierno tiene la obligación de aplicar las ayudas pertinentes para que ese trabajador pueda reciclarse (qué palabra más fea y no por ello menos cierta). Situaciones como esta pandemia requieren esfuerzos extraordinarios por parte de todos, y también de una nueva conciencia social. Hay que aceptar que el mundo ya no volverá a ser lo que era y que en su lugar, robando las palabras del presidente español Pedro Sánchez, nos adentramos en una “nueva normalidad”.</p>
<p>En esta “nueva normalidad” se vuelve indispensable un confinamiento parcial inteligente que acote en franjas horarias las prácticas deportivas (paseos, gente que sale a correr, etc.), por supuesto, en función de la densidad poblacional por metro cuadrado de cada región -no podemos lavar a todos con el mismo cepillo-. También es necesario prohibir las reuniones sociales de ocio para garantizar que el tráfico se limite a la actividad laboral y estudiantil hasta hallar una vacuna. Imprescindibles son también nuevas leyes que obliguen al teletrabajo en los casos que sea posible llevarlo a cabo. Debe reducirse el impuesto sobre el empleo para poder aflojar la corbata del monotributista; destinar plata al mantenimiento de las pymes -antes que regalar ayudas a discreción-; demandar a los bancos que flexibilicen los pagos de hipotecas sobre la primera vivienda. Es urgente que se exija a las rentas altas, a las multinacionales que han estado obteniendo beneficios fiscales para el ejercicio de su actividad, que vuelquen parte de esos beneficios en la construcción de nuevos modelos de industria orientados al futuro. A ellos les digo: no es momento para meter la plata debajo del colchón y esperar a que pase el huracán, porque la gente que trabaja para ustedes es la misma que consume sus productos y hace girar la rueda de la economía; la responsabilidad que ustedes adquirieron en el momento de hacerse poderosos les exige ahora hacer todo lo posible por mantener a sus trabajadores activos, proveerles de las herramientas de seguridad pertinentes, y crear políticas que flexibilicen la labor productiva. Ganar menos hoy, en pos de mantener empleos, es una inversión para el futuro financiero del país. Si estas multinacionales no toman esa iniciativa, es ahí donde el Gobierno debería tomar las riendas para garantizar nuestra seguridad. No hablo de comunismo (que tampoco la convirtamos en una mala palabra) sino de reciprocidad. Sin reciprocidad, sin justicia, el capitalismo no es más que una oligarquía disfrazada de democracia. De nada sirve aplazar los pagos de los insumos básicos cuando la economía del trabajador empeorará el mes que viene. Podría sugerir que se estudiase eliminar los impuestos mínimos sobre las facturas de luz y gas, y que se abonase únicamente el consumo a poco más del precio de coste hasta que la situación se normalice. Sería interesante sugerir leyes de excepción que garanticen una bajada en el precio de las comunicaciones de uso personal (después de todo se le ha permitido a este sector especular con los precios durante décadas). Este es un momento para la solidaridad y para demostrar que el capitalismo -si es lo que quieren vendernos- funciona para el conjunto de la sociedad y no solo para unos pocos. Por otra parte, la coherencia en las acciones de gobierno es fundamental en la práctica y, por descontado, también para infundir credibilidad y confianza. Si escucho a los expertos afirmar que en el humo del tabaco pueden viajar diminutas gotas con carga vírica, ¿cómo es posible que los intereses del lobby imperen sobre las responsabilidades sanitarias?</p>
<p>El mundo no va a cambiar -en futuro-, el mundo ya ha cambiado aunque nuestra mente siga marchando por la inercia de lo pasado. Preguntémonos, además, si nuestros chicos están teniendo la formación adecuada para desarrollarse en la sociedad que eventualmente se revelará cuando se nos acabe esa inercia. El país que no tenga chicos preparados para ese mundo será un país esclavo de los que sí hayan invertido en ello. ¡Que no nos vendan motos de agua para cruzar la ruta 2! ¡Hacen faltan ruedas, carajo! Esta es mi última petición y una de las más importantes: destinemos pesos -aunque cada vez pesen menos- a la formación de los chicos y a las universidades. Ahora sí, ya no daré más sugerencias para no condicionar la creatividad de nuestros sultanes de turno.</p>
<p>Como broche final, ¿cuál es la moraleja? Ahondar en las razones de nuestra queja es fundamental para no caer luego en aquello de “ten cuidado con lo deseas porque al final… puede que lo consigas”. Seamos responsables. Usemos siempre el sentido común en favor de proteger la libertad. Procuremos el bienestar del vecino porque al arriesgar su salud debilitamos la nuestra. Nos vemos en la próxima, amigos…</p>
<p>[1] “No existe evidencia específica que sugiera que el uso de máscaras por parte de la población en masa tiene algún beneficio potencial. De hecho, hay alguna evidencia que sugiere lo contrario en el uso indebido de una máscara”. Doctor Mike Ryan, director ejecutivo del programa de emergencias sanitarias de la OMS https://n9.cl/dyoc (artículo CNN del 31 de marzo de 2020)</p>
<p>“La OMS pide a las naciones alentar el uso de mascarillas para combatir el covid-19” https://n9.cl/jawx (artículo CNN del 5 de junio de 2020)</p>
<p>Aclaración: los conceptos vertidos de quienes opinan son absoluta responsabilidad del firmante.</p>
]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/04/hisopados-coronavirus-2.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Si han llegado hasta aquí siguiendo los primeros artículos puedo decir sin duda que ya nos vamos conociendo. Como lectores han aceptado -con sus retic...]]>
                </summary>
                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2020-07-25T21:16:17+00:00</updated>
                <published>2020-07-25T21:16:17+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            Ceda el paso
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.elmarplatense.com/ceda-el-paso" type="text/html" title="Ceda el paso" />
        <id>https://www.elmarplatense.com/ceda-el-paso</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Roberto Garrone]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.elmarplatense.com/ceda-el-paso">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2018/10/rotonda-mar-del-plata-2.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>En mi artículo anterior decidí tirar una piedra. Me atreví a sugerir que a veces los argentinos lloramos por el gusto de llorar, porque es más fácil hacerse el lesionado que levantarse de la silla y salir a darlo todo en la cancha. Osé decir que preferimos vivir en la queja y no en la acción, la acción de denunciar, la acción de respetar al otro y aprender en lugar de estar siempre dando lecciones. Pues bien, como no pretendo esconder la mano, hoy me serviré de lo cotidiano para ejemplificar mi punto. Y díganme ustedes… ¿qué hay más cotidiano que el conducir o el caminar? Son dos actos corrientes que ejercemos a diario y que sin embargo exigen la misma responsabilidad que más tarde les pedimos a nuestros gobernantes. Ahora me gustaría saber… ¿cómo se comportan ustedes en la calle?</p>
<p>Va el marplatense (hablo de usted, y no de este diario) al volante de su coche motor de gas, gasolina, gasoil o pedal, con el cinturón de seguridad bien acomodado al costado de la puerta, sueltito, y el espejo retrovisor lleno de cruces o vírgenes (en estos casos la ayuda divina es fundamental para llegar ileso a casa). Bien… va el marplatense, decía, por Juan B. Justo a la altura en que se cruza con Champagnat. ¿Y qué se encuentra? Una rotonda, así es. Un mini continente en medio de un mar de alquitrán, y en cuyas cercanías hay apostada una señal, en forma de triángulo invertido, que reza: CEDA EL PASO. Es la única regla de prioridad de la rotonda y aún así ¿qué hace nuestro conductor? Entra en el circuito como si fuese Räikkönen en la happy hour, a lo loco, de cabeza, ignorando no solo la ley sino también el sentido común. En ese momento los coches que ya circulaban por la rotonda se detienen para dejarlo pasar, no porque sean educados sino para no comerse de lleno al animal que acaba de saltarse la señal que tan raudamente y mal ponderó. ¿Alguno de ustedes conoce la ley en este sentido? Porque yo no he visto a ninguno respetarla.</p>
<p>En España, donde rige la misma ley de prioridad vial que en Argentina, el automóvil que circula por la rotonda tiene derecho a continuar su tránsito SIN PARAR hasta que finalmente la abandona. Mientras tanto, los coches que buscan entrar en la glorieta tienen que esperar pacientemente a que las circunstancias se lo permitan. ¡Eso significa CEDA EL PASO! ¿Cómo es posible que lo entendamos al revés?</p>
<p>Les parecerá gracioso pero cuando yo aterricé en Europa, hace ya unos cuantos años, tenía la loca idea de que esas rayitas blancas pintadas en el suelo del asfalto, las que cruzan transversalmente de una acera a la siguiente -y que en Argentina están medio borradas porque total…- eran de adorno. ¡No se rían! Tenía veinte años y pelos en los… sobacos, pongámosle… pero nadie me había enseñado nunca que esos grafitis se llaman “senda peatonal” y que sirven para indicar a los coches, a falta de semáforo, que deben detenerse para priorizar el paso del peatón. En Mar Del Plata cruzar la calle tendría que venir acompañado con musiquita del far west, más no sea para que uno vaya haciéndose a la idea de que se juega la vida en el intento. Ustedes estarán acostumbrados, claro, y me dirán que no es para tanto; pero esto debería servirles de advertencia: estar acostumbrado a lo incorrecto es la fórmula del caos. Actitudes como esa repercuten más tarde en todos los ámbitos de la sociedad, y sin duda marcan también la clase de gobernantes que hacemos por merecer.</p>
<p>Lo vuelvo a repetir: quejarse está muy bien. Aplaudo el pensamiento crítico. Pero no se puede apostar el cambio de una sociedad a una rabieta, a todo o nada, a una guerra civil o a la esperanza de que caiga un mesías del cielo. El cambio, queridos lectores, empieza en casa, comienza en uno, en las pequeñas decisiones que tomamos cada día como, por ejemplo, el abandonar los santos y empezar a conducir como es debido, siguiendo las cuatro directrices que enseñan en el simplísimo examen de conducir argentino. No quisieran ustedes enfrentarse al que pasamos en España, ni sufrir la suerte de vivir con camaritas pegadas al traste. Aquí el graciosito de la clase tiene un alto porcentaje de llegar a casa y encontrarse en el buzón una tamaña multa adjunta a una foto con su cara de zopenco saltándose los límites de velocidad.</p>
<p>Aprovecho entonces, porque tampoco es que todo sea culpa del plebeyo, para recordarle al señor intendente de la ciudad (Guillermo Montenegro, en este caso), que bien podría empezar a llenar las arcas de la Municipalidad apostando policía en las rotondas para multar a todo el que no respete la susodicha… la puñetera como dicen en España… señal de CEDA EL PASO.
Tendrán ustedes que perdonar mi inocencia, pero me resulta muy difícil entender que vivamos sumergidos en este juego de doble moral donde se habla de leyes que nadie respeta ni hace respetar; donde se alardea sobre los derechos de los niños y se permite a papá y mamá convertir al hijo en fumador pasivo; donde se le pide al ciudadano respeto cuando el declamador es el primero en saltarse las normas, cuando los delincuentes apresados se convierten en una carga en lugar de ser mano de obra que devuelva a la sociedad algo de lo que restaron, cuando la promesa de un político se vende directamente como estrategia en lugar de ser un contrato, cuando el grueso del capital estatal -la sangre, sudor y lágrimas de los trabajadores- desaparece en sacos sin fondo o en planes sin más sentido que el de ganarse un electorado fácil. Díganme ustedes... ¿de quién es la culpa sino nuestra, sino tuya que no haces más que señalar al vecino cuando al final eres incapaz de ceñirte a una norma tan sencilla como la de ceder el paso? ¿Te crees mejor que la persona que gobierna el país? No lo eres. NO LO ERES. Y no me cuentes tus historias de violín porque me interesan poco o nada. ¿Quieres hacer algo de provecho para la sociedad? Por una vez actúa acorde a lo que demandas: sé honesto, cívico, y aprende a cuidar la espalda del otro aunque sea para asegurarte que siempre habrá alguien cuidando de la tuya.</p>
<p>Acá viene la parte donde la mitad se me ofende y corre a hacerme vudú. ¿Qué le vamos a hacer? No debo ser muy dado a hacer amigos. Me veo en la próxima con los pocos que me queden.</p>
<p>Pd.: nada personal don Guillermo Montenegro. Solo le pido que haga usted lo que no han sabido o querido hacer sus antecesores, lo que no se ha hecho hasta ahora: hacer respetar la ley y que sean los infractores los que paguen las obras de la ciudad. Es un win win, como dicen los yanquis.</p>
<p>1.- Ley 24.449, Ley de Tránsito, Art.5 inc. t. Senda peatonal: el sector de la calzada destinado al cruce de ella por peatones y demás usuarios de la acera. Si no está delimitada es la prolongación longitudinal de ésta;</p>
<p>Decreto 779/95, Decreto reglamentario de la Ley de Tránsito, Anexo I, Art. 41, inc. e) Al aproximarse un vehículo a la senda peatonal, el conductor debe reducir la velocidad. En las esquinas sin semáforo, cuando sea necesario, deberá detener por completo su vehículo para ceder el paso a los peatones.</p>
<p>https://www.argentina.gob.ar/justicia/derechofacil/aplicalaley/soy-peaton</p>
<p>Aclaración: los conceptos vertidos de quienes opinan son absoluta responsabilidad del firmante.</p>
]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2018/10/rotonda-mar-del-plata-2.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>En mi artículo anterior decidí tirar una piedra. Me atreví a sugerir que a veces los argentinos lloramos por el gusto de llorar, porque es más fácil h...]]>
                </summary>
                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2020-07-18T19:54:35+00:00</updated>
                <published>2020-07-18T19:54:35+00:00</published>
    </entry>
        <entry>
        <title>
            La rabia es mala consejera
        </title>
        <link rel="alternate" href="https://www.elmarplatense.com/la-rabia-es-mala-consejera" type="text/html" title="La rabia es mala consejera" />
        <id>https://www.elmarplatense.com/la-rabia-es-mala-consejera</id>
        <author>
            <name>
                <![CDATA[Roberto Garrone]]>
            </name>
        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.elmarplatense.com/la-rabia-es-mala-consejera">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/07/arg-grieta.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Vamos a pasar de las presentaciones formales. Imaginaré que tengo delante a personas que al margen de sus particularidades comparten algo en común: las ganas de descubrir algo nuevo, de aprender, de informarse, de probar. Ustedes pueden imaginar que quien les habla es un tipo normal y corriente, argentino, residente en el extranjero, concretamente en Barcelona. Y a partir de ahí vamos viendo, como solemos decir los australes de América. Ustedes ya decidirán si me quieren seguir leyendo o terminan por hacer una cruz sobre mi nombre.</p>
<p>Advierto que es probable que pueda ofenderles, sobre todo si se autodenominan patriotas, porque yo rechazo los fanatismos, creo que son la cuna de los excesos, de la impulsividad, de la violencia que surge tras ver caer a tus ídolos y del cansancio cuando toca discriminar lo importante. Les aviso que voy prevenido de prejuicios del tipo “tu visión de la Argentina es distante, pibe” (porque me gusta llamarme “pibe” aunque roce los 40).</p>
<p>Imagino que van a pensar que por mucho que lea sobre la situación argentina, por mucho que me cuenten, es poco probable que llegue a entender la rabia del asalariado obligado a compartir el fruto de sus esfuerzos con gente que nunca ha dado un palo al agua, o el pánico que muchos tienen de que Argentina acabe siendo otra Venezuela, o a quienes temen las políticas pro-capitalistas de recortes y aumento de impuestos. Lo entiendo, créanme, no vivo en una burbuja, pero les voy a dar crédito en una cosa: veo a la Argentina desde cierta distancia y quizás sea mejor así. No mejor porque tenga las cosas más claras que nadie, sino porque puedo darles otra perspectiva, una libre de los ganchos de izquierda y derecha, descontaminada de furia (no cuenten la furia que viene de serie en cualquier argentino que se precie), una visión fear free (sin miedo), como dirían los anglos, o al menos con un miedo prudente que pueda ser utilizado para bien. ¿Vamos allá?</p>
<p>Estaba leyendo unas declaraciones recientes del ex presidente uruguayo, Pepe Mujica, y con sus inteligentes palabras (el calificativo corre al gusto de este consumidor al que no le hace falta casarse con nadie para reconocer la belleza), nos enviaba un mensaje a todos los argentinos, un mensaje de unidad en pos de construir un futuro sostenible, un aviso claro de la relevancia que tenemos los indios dentro de la aldea y del riesgo de sobrevalorar al cacique que, después de todo, es solo un hombre con fecha de caducidad. Así que… ¿qué les parece si por un momento nos imaginamos que ese amigo… perdón, ex amigo… que votó tan mal en estas y aquellas elecciones presidenciales, tenía una razón? Nunca va a ser una razón suficiente para nosotros, eso está claro, pero el tipo tenía un motivo suyo, particular, y seguramente importante en algún aspecto que nosotros desdeñamos. ¿Podría pasar, no? Ahora mismo habrá algún cerebrito intentando descubrir cuál es mi postura política en lugar de escucharme. Te lo ahorro. Un amigo mexicano me dijo que la política se resume en dos aspectos básicos: ¿con qué mano quieres que te pegue, con la diestra o la zurda? Las decisiones de Estado están bastante por encima de las lealtades políticas o patrióticas, y tienen más que ver con el ejercicio del comercio. Quien no cayó en eso lleva invernando desde que nació. Por tanto… ¿qué sentido tendría posicionarme en cualquier postura política? Argentina es ahora mismo un ejemplo perfecto de esas enseñanzas que el Maestro Sun nos dejó en su Arte de la Guerra: “Para gobernar el mundo, es del todo necesario adaptarse a la naturaleza humana. Los castigos y las recompensas pueden ser empleados gracias a que la naturaleza humana se compone de preferencias y aversiones. Una vez que los castigos y las recompensas pueden ser empleados, las prohibiciones se respetan y las órdenes se ejecutan”. ¿Aún creemos, realmente, que existe una lucha macrocósmica por el bien y el mal en Argentina? ¿Creemos también en los Reyes Magos o el Ratón Pérez? Porque esto es lo mismo. Tal como yo lo veo, las peores decisiones no las tomamos con la cabeza sino con las emociones. Y no hay mejor manera de apartar a un ser humano de la racionalidad que sobrecargándolo de información hasta el punto en que pensar le resulte un esfuerzo y empiece a dejarse llevar por sus sentimientos, por sus intuiciones, por su espíritu religioso. ¡Así se crean los dioses, amigos míos! Así surgen San Macri y Santa Cristina, como tantos otros ángeles y demonios en los que nos gusta dividir problemáticas que son mucho más complejas que eso, que no pueden ni deben polarizarse si se quieren resolver.</p>
<p>No polarizar. Os pido casi un imposible, lo sé, pero en algún punto nos toca abandonar la adolescencia (la era del drama, el fanatismo, la impulsividad), y empezar a crecer. Ser adulto es… ¿cómo decirlo con finura? ¡Una cagada! Lo sé, pero de eso depende que podamos superar el país que ahora mismo nos merecemos (porque hay que hacerse cargo de los propios errores) y alcanzar el país que podríamos tener. No vayamos a creer que aquí todo se resume en votar bien o mal. Ya podemos gritar desde cualquier lado de la cancha que acá el partido sigue sus propias reglas; reglas que poco o nada tienen que ver con las copas sino más bien con llenar la taquilla. ¿Qué importa quién está en el poder? ¡Hay que moverse y exigir! Hay que sacudirse la pereza, la desazón, y empezar a denunciar aunque creamos que las denuncias no van a parar a ninguna parte. Y la denuncia parte de un pequeño acto como puede ser el exigir el centavo que nos falta cuando compramos algo por $7499, 99 y no nos devuelven el centavo porque en Argentina esa moneda no existe. ¡Entonces me tasas el precio a la baja, macho! No es mi problema que tus métodos de marketing se basen en modelos de países donde el centavo sí que existe. ¡Esto es Argentina! No es España ni USA.</p>
<p>Hay que denunciar y estar dispuesto a irse con las manos vacías si es necesario. Esa es la lucha inteligente. Hay que aprender a perder para ganar. Hay que estar dispuesto a quedarse sin agua ni luz si la protesta al final tiene que ir por el lado de negarse a pagar impuestos que, más que mal distribuidos, van a parar directamente a las arcas de los recaudadores y nunca los vemos caer, por ejemplo, en los hospitales, colegios y universidades públicas (por cierto, sáquense de la cabeza esa idea absurda de que los médicos y educadores argentinos son los mejores del mundo, porque van hacer el ridículo cuando salgan de la caverna de Platón). Hay que alejarse del discurso emocional, patriótico, del vídeo de youtuber dramático que pide que saquemos las armas y le peguemos un tiro al que nos mire mal (lo escuché ayer mismo). ¡Por favor! Parecemos nenes chicos. ¿Podemos dejar de hacer el imbécil un momento y empezar a reflexionar? ¿Podemos buscar soluciones en lugar de chapotear una y otra vez, infructíferamente, en los conflictos? Ya no somos criaturas. No podemos darnos el lujo de hacer pataletas, de jugar a los vaqueros, de decir tonterías como si esas palabras no influyeran en nuestro alrededor. Maduremos. Hay que empezar a hacer patria desde la cultura, desde el esfuerzo, desde la crítica, sí, pero no la crítica vacía que hacemos en el café o en la mesa del domingo -porque los argentinos somos todos desde economistas hasta chefs con estrella Michelin- sino desde la autocrítica. Hay que dejar de lado los extremos, analizar los puntos fuertes y débiles de todos los gobiernos que hemos tenido. Nos guste o no tenemos que entender al otro, incluso para pelearnos con él. Si alguno piensa que la solución en Argentina es matar a esa otra mitad que piensa diferente a uno, ese alguien es un ignorante. Eso no va a pasar. Nos guste o no hay que sentarse a la mesa con la Argentina de todos los colores y estratos sociales. Yo no sé si alguno tiene más o menos derecho a existir, pero sé que existe y que nos toca conciliar opuestos. Te dijeron que no, pero se puede. Te dijeron que es tu enemigo hasta que se hizo realidad. Te obsequiaron preferencias y aversiones para poder manipularte. Como dijo Schopenhauer: “un hombre puede hacer lo que quiere, pero no elegir lo que quiere”. Bien… pues es hora de darle vuelta a la tortilla. Nos vemos pronto.</p>
<p>1.- Traducción del catedrático Albert Galvany, del "Arte de la Guerra", Editorial Trotta.</p>
<p>Aclaración: los conceptos vertidos de quienes opinan son absoluta responsabilidad del firmante.</p>
]]>
                </content>
                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://elmarplatensecdn.eleco.com.ar/media/2020/07/arg-grieta.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Vamos a pasar de las presentaciones formales. Imaginaré que tengo delante a personas que al margen de sus particularidades comparten algo en común: la...]]>
                </summary>
                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2020-07-11T15:23:18+00:00</updated>
                <published>2020-07-11T17:00:31+00:00</published>
    </entry>
    </feed>